LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

hayyay adul

Morir como un perro (1987)


Primer Día


Todo es de un amarillo deprimente. El mar de arena a su alrededor y la colina ocupada por el puesto de observación, la cadena de lejanas montañas, su uniforme militar, la tela de su casco… Todo es amarillo. En esta locura amarilla faltaban siete días enteros para que le sustituyeran. Tenía una insignificante reserva de provisiones y una cantimplora con agua.
La responsabilidad del deber, su posición avanzada unos kilómetros respecto al escuadrón de artillería y la habilidad del camuflaje, le permitían observar con sus gemelos de campaña los movimientos del enemigo y dar información de éstos utilizando un teléfono militar de cables escondidos bajo el mar de arena. Su escuadrón rectificaba el ángulo y la longitud de los cañonazos para que cayeran justo sobre el enemigo.
Al atardecer sacó la carta de su bolsillo y la leyó por décima vez. El color amarillo se transformó en negro cuando el sol cayó, puso la cabeza cerca del teléfono y durmió inquieto durante una hora.


Segundo día


Esperó observando desde el amanecer. En su soledad, se sentó resignado viendo todo a su alrededor más amarillo. Sacó la carta y la leyó por vigésima vez. Se querían… Estaban prometidos… Después de estar alistado dos años, ella lo había dejado. Todo era más amarillo. Sólo podía salir y dar unos pasos durante la noche temiendo que el enemigo lo descubriera.
Apartó los binóculos a un lado y agarrando un trozo de pan más duro que una piedra, lo enterró en una lata que mantenía en frío la espesa sopa; irritado, se lo comió a la fuerza. La noche llegó agolpándose lenta y torpemente.


Tercer día


En el campo de batalla, los dos bandos intercambiaban un fuego infernal. Hizo rectificar los disparos de la artillería de su escuadrón hasta que sed derramó un infierno rojo sobre las líneas enemigas que dispersó a los soldados como ratones enloquecidos.

Se arrastró sobre su vientre para no sobresalir en lo alto y evitar que el enemigo le descubriera en el horizonte, hasta que le fue posible ver al flaco y enfermo perro que apenas si se había detenido en la caída. Éste miró al soldado pidiendo clemencia, jadeante y con la lengua colgando. El soldado sintió pena… ¿No ves lo que va a pasar contigo aquí?


A través de los binóculos, veía la hoz de la muerte con su forma repugnante diseminar enfurecida esquirlas y cuerpos desmembrados; al tiempo que por el teléfono, escuchaba los chillidos de los ratones de su guarnición, después que el bombardeo enemigo y la destrucción los despedazase. Era un intercambio justo de muertes injustas. El campo de batalla quedó en calma.
Sacó la carta. Era la carta de despedida de un amor que no había esperado a cumplir su compromiso y que tampoco justificaba con argumentos estúpidos ni disculpas haber sido infiel a una promesa y correr a los brazos de otro hombre.


Cuarto dia


Nada nuevo… Una calma irritante, el opresivo color amarillo y los rutinarios y entrecortados contactos. La carta en su mano de nuevo. Había comido con la mayor rapidez y sigilo. Traidora… ¿Habría llegado a su escuadrón otra carta adjunta suya en la que se desdijera de su traición? ¿Le habría engañado con tal de saber hasta donde llegaría su amor?
Silencio mortal alrededor. Todo estaba muerto, ni el aire se movía. El sol ardiente colgaba sobre su cabeza. En medio este silencio brotó detrás de su nuca un débil jadeo que a sus oídos le alarmó como si fuera un rugido. Lanzó el brazo con fuerza hacia allí, girando el rostro con mirada inquieta, y golpeó a un perro que cayó rodando hasta el fondo de la colina.
El soldado no distinguió qué había pasado, sino después de unos terribles segundos; se arrastró sobre su vientre para no sobresalir en lo alto y evitar que el enemigo le descubriera en el horizonte, hasta que le fue posible ver al flaco y enfermo perro que apenas si se había detenido en la caída. Éste miró al soldado pidiendo clemencia, jadeante y con la lengua colgando. El soldado sintió pena… ¿No ves lo que va a pasar contigo aquí? Correremos la misma suerte. El perro se derrumbó cansado. Su cabeza dirigida hacia la colina miraba sin entender.
El soldado volvió a rastras hasa su sitio esperando el velo de la cuarta noche.


Quinto día


Después de una llamada al amanecer, el soldado se arrastró para inspeccionar el estado del perro, encontrándolo en el mismo lugar echado en el suelo. Sus costillas sobresalían estremeciéndose temblorosas y la lengua le colgaba agitada al ritmo enfermizo de los jadeos. El soldado susurró… Incluso el color del miserable perro… era de unamarillo desierto.
Descendió reptando hacia él, seguro de que la colina le protegía de la visión del enemigo, y avanzó encorvado llevando algo de comida y de agua. El perro, al verle, intentó incorporarse con dificultad y afianzó sus patas con un acto reflejo. Incapaz de ladrar al verlo acercarse, volvió a caer desesperadamente con la cabeza apoyada entre sus patas extendidas y rechazando la comida. El soldado se sorprendió… ¿Estaba el perro enfermo de muerte? ¿O es que no le gustaba la comida de los soldados? Echó con la palma de la mano unas gotas de agua en la lengua del perro, que lamió con una penosa mirada.
El soldado volvió a su agujero. Sacó de nuevo la desgastada carta. ¡Mi amada se casaría con otro hombre! Se pondría un vestido blanco sobre su piel clara; y yo, aquí triste y enfermo, hundido en la arena amarilla… Furioso, rompió la carta y la arrojó para atrás. Sacó los brazos sobre el borde de la sima, extendiéndolos por delante y puso la cabeza encima mirando hacia la nada… Si hubiera inclinado un poco más la cara no se habría diferenciado del perro de más abajo.
La noche pesada y negra le incitó a descansar del pesado mar amarillo.


Sexto día


No se olvidó del miserable perro y, después de que se extendiera la claridad del sol, descendió para ver cómo se encontraba y darle algo de comer o un poco de agua tibia. Pero el perro no quiso tomar nada. Se despedía del castigo de esta tierra. Su cuerpo se había enroscado hasta tocarse la nariz con la cola y miraba al soldado con pena sin sentido, jadeando acelerada y débilmente. La lengua le colgaba, babeaba dejando una mancha de humedad en la arena… El mundo no le acogió y había venido a morir a este lugar desierto… ¿Cómo habría llegado hasta aquí y porqué? El soldado volvió al agujero después de recoger con paciencia algunos trozos de la carta traidora para releerla otra vez… Sus disculpas no eran sinceras.
Cogió los prismáticos para observar y masculló algo contra el maldito color amarillo.


Séptimo día


El sol salió y empezó a apretar. El soldado extrajo los trozos de la carta y después de leerlos, los estrujó furioso en su mano izquierda. Se arrastró hacia el perro, que ya no estaba enroscado y tenía la cabeza estirada un poco alejada de la cola, orientada hacia la colina como una flecha, formando con el cuerpo un desgraciado signo de interrogación. El soldado le llevaba agua pero lo encontró tranquilamente muerto; los ojos como dos cristales saltones, no habían perdido la expresión de pena sin sentido.
Se dio la vuelta. Al doblar las piernas para volver, de repente, muy cerca de él, explotó una bomba con un ruido tan ensordecedor que hizo temblar la tierra y le hizo caer; a lo que le siguió un agudo silbido de astillas voladoras, el enjambre de la muerte envuelto en un surtidor de arena y polvo que saltó para arriba y bajó, cubriendo un amplio perímetro con un velo amarillo. Una nueva bomba estalló más cerca. El enemigo le había descubierto y no desistiría. Se arrastró con dificultad hacia el agujero como una lagartija asustada. Otra bomba se acercó. Y otra. Gateó deprisa como un animal espantado. Estaba muy cerca del borde, tres pasos solamente y estaría relativamente seguro… Tenia que estar dentro del agujero antes de que estallase el siguiente cañonazo. Se irguió con las piernas curvadas y dio dos pasos…
Antes de dar el tercero y último, centelleó un fugaz relámpago y sintió un puñetazo en el vientre, como la coz de un mulo, que le levantó en el aire y le derribó dejándole sentado. Rodó después violentamente hacia atrás hasta detenerse y quedar tumbado sobre el costado en la falda de la colina.
La arena le quedó esparcida por encima y empezó a comprender lo que ocurría. Su cuerpo se dobló por la mitad, sus rodillas se encogieron entre convulsiones y dolor tocándose la frente sucia de arena y apretando la barbilla contra su pecho. Dolor y un agudo incendio en su barriga. Se tocó con las manos… Eran esquirlas de un palmo atravesadas que habían destrozado sus tripas por encima de la pelvis. Las llamas se propagaron por su espalda.
El bombardeo, los bramidos, el silbido de los pedazos y los surtidores de arena continuaron. El continuo picor del fuego y el dolor impresionante aumentaban en el agujero, su cerebro estaba paralizado, la sangre roja se desbordaba por la arena amarilla. Ni la sangre se detenía ni la arena se saciaba de ella. No soltó ni un solo gemido, cerró los ojos bajando con fuerza los párpados como si así contuviera el dolor.
El bombardeo se detuvo después de largo rato. El volcán se calmó y ya solo lanzaba unas bocanadas de sangre. Su cabeza siguió plegada y el cuerpo enroscado, como si sus órganos trataran de conseguir la protección perdida e intentara tapar la sangre y cerrar la herida abierta en el vientre. Pero sus tripas se escapaban… Renunció… Levantó la cabeza hacia arriba, los huesos descarnados y la arena pegada en su rostro habían esculpido el semblante de un ser asustado. Abrió los ojos… y vio la cabeza del perro muerto dirigida hacia él, apuntándole con mirada de pena y sin sentido.

Hayyay Adul, escritor egipcio, El té pasado, El Cairo, 2002

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2009 Manuel Jiménez Lucena