ibrahim abd al mayid
Barcos viejos
Observé que hablaba a su hijo sin levantar los ojos de la botella de cerveza situada sobre la mesita blanca. No sé si el niño le escuchaba o no; pero me pareció que ya estaba contento bebiéndose un “Seven-Up” y mirando a los niños en calle a través del vidrio.
Era día festivo. Conduje la mirada más allá de la calle y de los niños, hacia el mar distante, de perezoso y sereno azul; por el espacio claro e infinito del cielo con una cuantas nubes nadando dispersas, volátiles y suaves, sin orden, dócilmente, desgarradas y esparcidas en pequeños trozos.
La gran calva del padre se le unía con la amplia frente. Una cabeza mayor de lo habitual, tal vez por la extensión de la calvicie o por la buena vida. Con el gran bigote sobre los labios y la boca grandes, parecía que su nariz fuera más ancha.
El padre seguía bebiendo cerveza con los ojos concentrados en la botella. El camarero sin darle la espalda. Excepto nosotros, el lugar estaba vacío. Tampoco era el momento apropiado para beber cerveza. Siempre he elegido el momento menos apropiado.
Me gusta que los sitios estén vacíos o casi. Tengo esa costumbre cuando estoy solo en alguna ciudad del país; pues nada me distrae, si no me aíslo. Soy capaz de examinar las paredes y los bonitos cuadros a los que normalmente la gente no presta atención; y en todos los casos se me descubren, fuera de las imágenes, la historia de los sitios y los nombres que los sagaces propietarios escriben acerca de las celebridades que los visitaron.
Me ha pasado en Paris, Viena, Nueva York, Saigón y Moscú. Con frecuencia pienso que los dueños o son astutos o unos estafadores. Si dicen que allí se sentaba Jean-Paul Sartre, como ocurría en el café Le Dôme en el bulevar de Saint Germain,… ¿Alguien lo discutiría? ¿Pediría alguien que se lo demostraran? Todo lo contrario, el cliente estará de acuerdo, se sentará donde lo hizo Sartre y después se lo contará a otros.
La felicidad es un objetivo real para el ser humano, incluso si la consigue para los demás. Nosotros buscamos la felicidad, aunque sea una forma de engaño.
Sin embargo, este viejo local alejandrino no cuelga fotos de celebridades. Sus clientes saben que su dueño era griego y dejó Alejandría para irse a Atenas a finales de los cincuenta. Efectivamente, se iniciaron grandes oleadas de emigrantes desde Alejandría después de la guerra de 1952. Muchos de los primeros emigrantes eran judíos. Nadie sabe porqué emigraron los griegos, los italianos y los chipriotas. El nuevo dueño, que es egipcio de Alejandría, conservaba fotos antiguas de moluscos y peces, de antiguos barcos de vela navegando en el horizonte bajo las nubes y de otros barcos en un día claro, con los delfines saltando despreocupados alrededor. El mar me gustaba y soñaba con embarcarme… Pero Dios no lo quiso y así fue.
-Te presento a un hermano. ¿Te llamas Idris?
-Sí, soy Idris
Es lo que dijo exactamente. Le hice una pregunta que se quedó repitiendo un rato y respondió como quien tiene lo necesita. Sonreí y sentí un extraño alivio aunque yo no estaba molesto.
-Te reconocí por la voz.
-Pero si no he dicho nada.
-Al menos me has preguntado.
Rió entrecortadamente y su rostro enrojeció.
-¿Sabes cuantos años han pasado –le pregunté.
-Diez.
-Nueve.
Volvió a reírse y se sonrojó.
-¿No te habías casado? –dije.
A través de la botella veía con ojos inquietos unos niños que venían hacia nosotros. Al principio solo sólo había un niño, se le unió otro y un tercero, después llegaron otros riéndose mostrando sorpresa.
-A su edad yo hacia lo mismo.
-El tiempo pasa.
-Pero no me basta con verlo.
-Las nuevas generaciones son muy cobardes.
Su respuesta me dejó perplejo. Su hijo devolvía las risas a los otros niños. Estuvimos un rato callados y dijo:
-Me divorcié de mi esposa el día siguiente de mi llegada.
-¿Quién?
-Mi esposa ¿No me has preguntado por ella?
Aunque no le había preguntado, le respondí:
-Sí.
-Me marché a trabajar a Libia y al volver mantenía relaciones con otro. Me llevé al niño.
Señaló a su hijo que se reía con los niños y continuó hablando:
-Me trasladé desde Libia el día veintisiete y me divorcié el veintiocho. No lo olvidaré.
El niño nos dejó y se fue con los demás. Lo veía a través de la botella haciéndonos señales. El sol brilló más y de golpe disminuyó. Así se alternaban las olas siempre que miraba la dócil y tranquila extensión del mar en aquel caliente día de invierno. Me sentía impaciente por hablarle:
-¿Volverías a Libia de nuevo?
-Tal vez. Abrí una tienda de muebles en la avenida Jalid Ibn al Walid. La vieja tienda que tuve que vender cuanto antes. Perdí mucho dinero.
-Eso lo recuerdo. Que la vendiste para conseguir lo que valía un piso en el barrio Arqá.
-Es verdad. Tu padre me ayudó bastante, no se me olvida tanta generosidad.
Esto no era cierto, mi padre había muerto hacía veinte años.
-Si no hubiera sido por él, yo habría salido con deudas del barrio. También me puso en guardia sobre aquella muchacha –siguió diciendo.
-¿Qué muchacha?
-La que se convirtió en mi mujer y de la que me divorcié, por quien me has preguntado y de la que yo te hablo ahora.
Permanecimos callados los dos, cada uno con lo suyo. Desde el cristal miré a su hijo y a los niños que nos miraban y que fueron desapareciendo hasta que dejarlo solo. Cuando se disponía a volver, apareció una mujer joven que se detuvo a hablarle y agachándose, le dio un beso. Después le hizo un gesto para que fuera.
Dejo el dinero en la mesa y salió.
Hizo eso mientras yo la miraba. No era difícil acordarse. Sus mejillas estaban un poco caídas, tenía los ojos extraviados y un tanto apagados; los labios pálidos y agrietados me sonreían detrás de la botella. Llevaba puesta una vieja falda azul y un ancho jersei blanco. Mi madre decía siempre de ella: “Tiene pinta de famélica”.
Pero a mi me gustaba bastante y esperaba parado en la calle que me sonriera desde el alto balcón del sexto piso. Su sonrisa brillaba al sol y me parecía flotar con ella en el aire sin poder descender al suelo. Pero desaparecía rápidamente en el interior y me dejaba colgado sólo en el vacío. Recordaré siempre el deliciosa sensación que se apoderaba de mi pecho. La misma alegría que fluía ahora de la frágil sonrisa de labios cansados. Pero ya no tiene la misma amplitud, ni profundidad.
Sí, la dulzura de las cosas es menor y ya no es como era; nada queda de todo eso salvo la tristeza.
Ibrahim Abd al Mayid, escritor egipcio, El Cairo, 2001