LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

ibrahim aslan

El lago de la noche

Al final de la noche, el camarero colocaba algunas sillas en la orilla del Nilo. Yo no conocía a nadie de los que se reunían allí, colegas seguramente; aunque mi amigo sí los conocía.

Dos de ellos jugaban al backgammon y habían colocado el tablero encima de una mesa baja. Mi amigo los observaba, los demás conversaban sobre diferentes temas. El camarero, cada vez que alguien pedía de beber, se dirigía hacia el minúsculo café situado en un resquicio de la hilera de apretadas casas del otro lado. Los colegas de mi amigo se sentaban a mi izquierda.

A pesar de que estábamos a principios de mayo, el tiempo era caliente; tanto que el eucaliptus plantado sobre la acera, hacía rato que no producía ningún sonido y no había ni rastro de brisa en aquella hora tardía de la noche. La superficie del río aparecía estática, del color del plomo derretido.

Mi amigo me miró y dijo sonriendo:

-¿Qué te pasa?

-Nada.

-Estás enfadado –dijo sin dudarlo.

Aunque me sentía incómodo, le respondí:

-No, no...

-No sueles estar así.

-No estoy enfadado.

-¿Y entonces por qué no dices nada?

-¿Y qué voy a decir?

-¿Ves como estás enfadado?

-Tú sabrás…

-¿Juegas una partida?

-No.

El camarero cruzó la calle con una botella de cerveza y la colocó delante del hombre de mi derecha. Le observé y vi a través de los hierros de la verja, que se llevaba en la bandeja cinco botellas vacías.

Los que jugaban volvieron la cabeza y uno de ellos me dijo:

-¿Juegas?

-No.

Se levantó dirigiéndose hacia mí:

-No tengo inconveniente. Por favor.

-Gracias. No tengo ganas.

-¿Por qué? – insistió mi amigo.

-No quiero.

Un joven de voz recia, corpulento y de pelo espeso, estalló en una sonora carcajada y golpeó con su hombro el de otro joven moreno y delgado que le respondió con seriedad:

-¿De qué te ríes? ¿Es que no es tu amigo?

-¿Qué le dijiste? –le preguntó otro.

-Le dije que si yo tuviera ese dinero no me cansaría buscando trabajo.

Mi amigo se dirigió a mí:

-¿Quieres que nos vayamos?

-¿Cómo tu quieras?

-Nos iremos dentro de un rato.

Encendí un cigarrillo.

-¿Me das fuego?

Era la voz un hombre que había a mi derecha. Le tendí la caja de cerillas y al cabo de poco me la devolvió.

-Muchas gracias.

Pensé decirle que se la quedara, pues tenía otra; pero la cogí y me la puse en el bolsillo.

-Hace mucho calor –dije.

Por la acera avanzaban un hombre y una mujer. El hombre llevaba un niño pequeño dormido. Bajaron de la cera y se acercaron, la charla disminuyó. La mujer, de tez blanca, rondaba los cincuenta, llevaba un ligero vestido verde y el pelo negro recogido en la cabeza y se le notaba cierta barriga.

El joven moreno y delgado susurró:

-¡Oh, alma mía!

Un joven agraciado, de quien yo sabía que era compositor y tocaba el laúd y se dedicaba al juego, dijo:

-Ella vuelve casa.

-¡Claro! Una agradable velada, volver a casa, desnudarse y la dulce esposa. Sin embargo tú, sentado toda la noche, en medio de la calle. ¡Oh respetable! Si te ausentaras un año, no habría quien hubiera preguntado por ti.

-Despojado de todo.

-No me refiero a eso. No soy como tú. –respondió el músico sin mirarle.

-¿A qué te refieres entonces, artista? –dijo mirando la calle.

-No. Sólo a la vuelta a casa.

El camarero cruzó la calle con una botella de cerveza y la colocó delante del hombre de mi derecha. Le observé y vi a través de los hierros de la verja, que se llevaba en la bandeja cinco botellas vacías.

El hombre me miró y sonrió con esfuerzo:

-Hace mucho calor.

-Sí.

Su tórax era menudo como el de una mujer y del vientre para abajo estaba hinchado, como enfermo. El pelo totalmente blanco; y, aunque era joven, sus ojos parecían los de un anciano, llenos de un singular desánimo. De la boca le salía el aliento caliente de la cerveza:

-Pero es una ola de calor. Una ola y pasará. –dijo en voz baja.

-¿Cómo?

-Aún estamos a principios de mayo.

Mi amigo me miró y mientras giraba de nuevo la cabeza para observar el juego, pude darme cuenta de la media sonrisa que se insinuaba en sus labios. El muchacho del pelo espeso dijo:

-¿Cuándo?

-Solamente he dicho que me gustaría casarme, no que me casaré. –le volvió a decir el músico.

-¿Te casas? –dijo mi amigo.

-No te lo puedes imaginar –tartamudeó con voz suave- Hace un tiempo que deseo tener un hijo. Es un sentimiento extraño, pero te hablo en serio. La única gran verdad. Treinta y seis años. Un problema.

-Así es que te casas.

-Me casaré. Es una decisión importante. Si encontrara a alguien, me casaría inmediatamente. Con cualquiera. A condición de que fuera hermosa.

- Búscate un piso antes que una esposa. –dijo el del pelo espeso.

-Nada te ata, ni el mundo ni la vida. Si no encontrásemos un piso, viviríamos en un banco.

-No te olvides que el matrimonio es armonía. Tal vez yo también me case.

Todos soltaron una carcajada. El hombre que estaba a mi lado sonrió diciendo:

-¡Aquí hay una emergencia!

-¡Claro! –dije yo.

-¿Me permites las cerillas?

Le dí la caja de cerillas y me ofreció un cigarrillo que rehusé:

-El hombre se multiplica.

-¡Claro!

Sólo me sonrió al mirarle. Pero el no participó en la conversación hasta que abandonó aquella expresión y dio a su rostro una apariencia de seriedad mezclada de bondadosa preocupación. Dirigí levemente la vista hacia él y dijo:

-Hace un tiempo me dijeron que las tumbas de Bab Nasr desparecerán.

Sacudí la cabeza.

-Desaparecerán ésas y las de Sayida Nafisa.

-¿Porqué te lo dijeron?

-¿Qué? –añadió con precaución, como si temiera que me alejara de él.

-El rumor.

-Porque tengo una tumba allí.

-¿Tu tienes una tumba?

-La tengo hace mucho. La heredé de la familia.

-¡Ah!

-Se lo dijeron a todo el mundo.

-¿Se lo dijeron a ellos?

-A todo el mundo.

-¿Porqué?

-Por si alguien quería preparar una tumba en otro sitio y trasladar sus muertos para poder visitarlos.

-¡Ah!

-Me lo dijo el propietario de mi casa. El fue quien me lo dijo.

No supe qué contestar. Esperé un poco mientras inclinaba la botella para llenar la copa de cerveza:

-Yo no podré hacerlo.

-¿El qué?

-Mi padre, mi madre y mi hermano están enterrados allí. Y algunos parientes. Yo no podré llevármelos.

-¡¿Qué es esto?! -gritó uno de los jugadores.

-Dos, uno –repitió el otro.

-Dos … Uno?

-Sí!

-¿Por qué no juegas seis, cinco?

-Porque los dados han salido dos, uno; no, seis, cinco.

-Preparar otra tumba cuesta cerca de doscientas guineas. ¡Imagínate!

-Seis, cinco.

-¿Llevan mucho tiempo muertos?

-Dos, uno.

-Mucho.

-Seis, cinco.

-¿Dos, uno; o, seis, cinco?

-De verdad que no lo he visto.

-Me gustaría cambiarlos, pero cuesta casi doscientas guineas. -dijo el hombre.

-Repite otra vez la tirada, hasta que yo no lo vea.

-No lo reconocerás de todas formas.

Su rostro se turbó y se rió:

-¿Cómo?

-Supongo que , como murieron hace tiempo, ya no quedará nada de ellos.

Hizo un esfuerzo claro por mantener su apagada sonrisa, se equivocó al hablar y renunció a seguir.

Me sentía entumecido. Me molestaba que mi cuerpo estuviera pegajoso. En una de las ventanas de la casa de enfrente se asomó un hombre en camiseta. Al cabo de poco apareció el rostro de una mujer por encima de su hombro. Parecía no verlos. Le escuché decir algo y su mirada pasó a través de mí, hacia lo lejos.

-Es necesario… Es necesario. –dijo el músico.

-¿Aún estás pensando?

Me ofreció una cerveza, pero rehusé.

-Soy el único que queda de toda la familia.

-No toques los dados. ¿Lo has visto? Cinco … Dos.

- Los visitaba en todas las festividades y también en días normales.

-¡Vamos!

-¡Vale!

-¡Mirad, otra vez!

-Treinta y seis años. ¿Dónde vas, hermano?

-Aquí está. Seis, cinco. ¿Lo ves?

-Has tenido suerte, tío.

-¿Qué harán en ese caso? ¿Qué harán?

-¿En qué caso?

-Hay quien no podrá trasladar a sus muertos. ¿No es así?

-Estoy convencido.

-En ese caso, ¿qué harán?

-¿Has oído algún otro comentario?

-Lo he oído.

Se ruborizó:

-Supongo que esas tumbas desaparecerán. El propietario de mi casa me dijo que no sabe qué harán en el suelo. No lo sabe.

-¿Y qué?

Tragó saliva y pude ver su nuez subir y bajar.

-Es cierto.

Oí el sonido del tablero que se cerraba, y mientras veíamos al camarero que atravesaba la calle dirigiéndose a nosotros, murmuró y se me quedó mirando. Me incorporé:

-Si tuviera doscientas guineas para cambiarlos a otra tumba, podría visitarlos.

Sonreí. El músico me dio la mano efusivamente. Los demás iban todos en una dirección distinta a la nuestra y se limitaron a saludarme con la cabeza. Cuando bajé de la acera, el hombre y la mujer ya habían desaparecido de la ventana y el camarero le sirvió otro vaso de cerveza.

Al alejarnos un poco, mi amigo me preguntó:

-¿Qué te decía?

-¿Quién?

-Ese hombre.

-¿Porqué?

-Es que está loco.

-¿Cómo?

-¿No te contó lo de los cementerios que desaparecerán y que entonces no podrá visitar a su familia?

-Sí.

-No hay nadie a quien no le cuente esa historia. Es ya muy tarde, ¿no?

Y aquí recordé que no me había despedido de él. Sin poder evitarlo dirigí hacia atrás una última mirada. La noche era clara y la orilla estaba completamente vacía. La luna se había sumergido. El camarero de pié junto a la luz procedente del interior del café vaciaba con un pequeño recipiente el agua de la nevera grande y brillante situada debajo de un arbusto de mediano tamaño. El agua que había arrojado formaba un pequeño lago en mitad de la acera.

El hombre ya no estaba en su asiento, sino que se había puesto de pie en la orilla, en la parte más elevada del inclinado puente; como si fuera parte de la gris inmovilidad en la que se disolvía. Le contemplé durante un rato. No surgió de él ningún movimiento. Estaba inmóvil, orinando con las piernas abiertas y la cabeza hacia abajo.

Ibrahim Aslan, escritor egipcio, El lago de la noche, El Cairo, 2005

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2010 Manuel Jiménez Lucena