LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

ala al aswani

Azat Amin Iskandar

.... Yo jugaba en la bici yendo y viniendo por el patio… Daba vueltas alrededor de los árboles… imaginando que estaba en una carrera: “¡Señoras y señores…! -gritaba- Y ahora, el campeonato del mundo!” Veía la multitud y las banderas, a los corredores que me perseguían, oía las voces y los silbidos que me animaban. Siempre llegaba el primero a la línea de meta y me felicitaban con un ramo de rosas y un beso.

Seguía jugando, cuando de pronto me sentí observado… Miré y ví a Azat Amin Iskandar sentado en las escaleras... que había sido mi espectador desde el principio. Al encontrarse nuestros ojos, sonrió y me hizo una señal con la mano. Me dirigí hacia donde estaba y él se levantó apoyando su mano en el muro de la escalera. Con la muleta en el brazo levantó su cuerpo bajando despacio escalón a escalón y al llegar a mí se puso a examinar la bicicleta… Cogió el manillar, tocó el timbre varias veces, se inclinó y palpó el cable delantero musitando con dificultad:

-Bonita bici…

-¡Es una Rally 24… de carreras… y de tres marchas…!

Volvió a contemplar la bicicleta como si ya supiera de qué le hablaba.

-¿Sabes llevarla sin manos?-me preguntó.

Procuró extender la pierna ortopédica hacia delante para alejarla del pedal y pedalear así, con la pierna sana… Cosa extremadamente difícil, aunque posible… Azat se mantuvo sobre la bicicleta y yo empecé empujarle por la espalda suavemente. Mientras pedaleaba, la bicicleta se desequilibraba inclinándose con peligro.

Sacudí la cabeza y salí disparado. Yo era un experto en bicicletas y me gustaba exhibirme… Cambié de marcha con habilidad y alcancé rápidamente el otro extremo del patio. Noté que la bicicleta daba una sacudida… Quité entonces, con cuidado, las manos del manillar cruzando los brazos sobre mis hombros… y peladeé así volviendo hacia él… Avanzó unos pasos en mitad del patio… Yo me paré delante y dije al bajar de la bicicleta:

-¿Satisfecho, señor mío?

No me respondió… Bajó la cabeza y se puso a observar la bicicleta como si sopesara un asunto importante e inesperado… golpeando el suelo con la muleta. Avanzó otro paso hasta quedar pegado a la bicicleta, cogió el manillar e inclinado sobre mí, murmuró implorando:

-Por favor, déjame dar una vuelta… Por favor…

No lo entendí y me lo quedé mirando… Me pareció como si yo le fuera a quitar el capricho si consideraba que no era capaz de llevar la bicicleta. Viéndome callado empezó a agitar el manillar con violencia y a gritar enfadado: “¡Te digo que me dejes dar una vuelta!”

Entonces saltó desde donde estaba queriendo subir y, haciéndome perder el equilibrio, estuvimos a punto de caer…

No supe qué pensar, pero me dispuse a ayudarle a subir… Se apoyó en mi hombro y en la muleta. Después de algunos esfuerzos, consiguió montarse sobre el sillín pasando la pierna buena por uno de los lados de la bicicleta… Procuró extender la pierna ortopédica hacia delante para alejarla del pedal y pedalear así, con la pierna sana… Cosa extremadamente difícil, aunque posible… Azat se mantuvo sobre la bicicleta y yo empecé empujarle por la espalda suavemente. Mientras pedaleaba, la bicicleta se desequilibraba inclinándose con peligro; pero en seguida la dominaba, poniéndose en pie sobre ella. Después hacía extraordinarios esfuerzos para pedalear con una sola pierna y mantenerse derecho…

Azat rebasó un árbol grande y el kiosco del bar. Me puse a aplaudir y a gritar:

-¡Bravo, Azat…!

Llegó casi al final del patio, era necesario dar la vuelta y temí que no lo hiciera. Giró con cuidado e inició la vuelta confiado y con un dominio total. Cambió de marcha tres veces. Los mechones de su pelo volaban empujados por el aire.

La bicicleta iba disparada a gran velocidad. Azat atravesó el pasillo entre los árboles. Su imagen desaparecía y aparecía entre las ramas y las hojas de los árboles. Lo estaba consiguiendo. Lo veo ahora precipitándose como una flecha, con la espalda echada hacia atrás y la cabeza levantada, lanzando un fuerte grito que se repitió por todo el patio; un grito largo e inusitado, un chillido que habiendo estado obstruido en su pecho, pudiera salir en esos instantes:

-¡Miiiiiira… Miiiiiiiiiiiiira!

Ala al Aswani, escritor egipcio, Fuegos amigos, El Cairo, 2004

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2009 Manuel Jiménez Lucena