ala al aswani
Una mirada al rostro de Nayi
....el maestro al Farir se paseaba entre nosotros mientras leía un libro, con una voz monótona, repetitiva e incesante… El ambiente de la clase era tranquilo y la inminente somnolencia me acariciaba. Por la ventana se veían los coches y los peatones y al tío Kamil el vendedor de nueces de palma. Yo estaba distraído mirando la calle hasta que advertí el pinchazo del bastón en mi espalda y su voz que me interrumpía:
-Acaba de leer.
Creí morir. Miré temblando el libro pero las pequeñas líneas se entrelazaban ante mis ojos.
-Pon la mano.
Al Farir estaba ante mí con el bastón levantado en el aire… No había escapatoria… La extendí y agarrándola descargó un golpe. Chillé y lloré pidiéndole que me perdonara, pero el me golpeó y me golpeó dejándome después derrumbado en mi sitio. Miré con los ojos anegados a los demás compañeros. Habían sido testigos pero continuaron fingiendo que leían, ignorándome; y aunque les preguntara ahora, todos responderían simulando inocentemente: ¿Qué te ha pasado?... Ni hemos visto nada, ni sabemos nada. Es decir, que después de eso, Al Farir no les preguntaría e incluso saltarían de sus asientos con los dedos levantados; como si entusiasmados por responder desmintieran cualquier relación conmigo, como si le dijeran: Ha sido él… Nosotros somos siempre tus obedientes alumnos…
Dejó de dolerme pero me deshice en llanto. Al Farir ni me miró. Reanudó la lectura como si nada; tal vez sólo apretó sus finos labios un poco como advirtiendo: ¡Mirad, así castigo a quien me desobedece! ¿¡A ver quién es el que se atreve?!
-¡Pon la mano!
Nayi ni extendió la mano ni se estremeció. Al Farir alzó su terrible tono de voz:
-¡Pon la mano!
Nayi siguió inmóvil como una piedra. Nosotros nos apretujamos tras él, apoyándole con nuestros ojos pequeños y miedosos; pero al Farir rugió y alzó su mano abatiéndola sobre su rostro.
...Entonces llegó Nayi. Se paró aquella mañana en la puerta de la clase mirándonos con sus asombrados ojos del color de la miel, deslumbrándonos con lo guapo que era… Su blanco y pálido rostro, el suave pelo castaño que le caía, su elegante uniforme planchado, su cartera de lujosa piel, completamente nueva, sin desgaste ni roces; no como las nuestras. Incluso su sandwich era tan delicado y blanco como él, una rebanada de pan europeo untada con mantequilla y envuelta en una bonita bolsa transparente como un pastel de cumpleaños…
Al Farir dijo:
-Nayi es vuestro nuevo compañero.
Miró a alrededor buscándole un sitio y deseé que se sentara en el lugar vacío que había a mi lado…
“¿Es suficiente desear algo con fuerza para que el deseo se haga realidad? “ Al Farir se dirigió a dónde estaba yo sentado y Nayi se acercó, murmuró un saludo y yo aspiré el aroma que me enviaron sus ropas. Pasé el resto de la mañana examinándole y oliéndole hasta que sonó el timbre; me contó entonces que su madre era francesa y su padre egipcio, y yo le hablé de mí esperándonos en la puerta a que llegara un lujoso automóvil del que bajó el chófer que se llevó su cartera.
Le pregunté apenado cuando me despedía: ¿Somos amigos, Nayi? Asintió con la cabeza y subió al coche.
…Rápidamente, su influencia aumentó en la clase. Nos gustaba y nos parecía inteligente, un brillo fugaz de sus ojos significaba una hora entera de comentario de al Farir. Nos quedábamos atrás y con dificultad mirando la pizarra, asintiendo con la cabeza como si entendiéramos. Incluso el francés que hablábamos era pronunciado muy cercano al dulce y fluido acento de Nayi. Su francés era como el francés de al Farir, tal vez mejor. Descubrimos algo. Ese algo era que Nayi no tenía miedo como lo teníamos nosotros. Su rostro no palidecía ni su voz temblaba, ni sus ojos huían hacia el suelo o hasta el tejado, sino que se quedaba delante de al Farir, hablándole con claridad; y con una seguridad siempre en aumento y que siempre nos hacia presagiar un acontecimiento, como si fuese un coche veloz que avanzara con potencia hacia la cima de una montaña tras la cual hubiera un precipicio, cerrábamos los ojos esperando el sonido de un choque violento que no ocurría… Al contrario, al Farir le miraba pacientemente y nosotros nos alegrábamos sin preguntarnos por qué le prefería.
No nos lo preguntábamos, porque le queríamos como él a nosotros; porque éramos nosotros lo que levantábamos la cabeza ante al Farir… Pues todos éramos Nayi, que no teníamos miedo ni éramos golpeados; aunque nos pegaran cada día.
En el vestíbulo de la escuela nos apretujábamos a su alrededor, deseando jugar con él y rivalizando por hablarle. ¡Orgulloso quien podía reírse con él! Nayi era feliz y nosotros estábamos contentos con él.
Hasta aquel día en que al Farir recogía, según su costumbre, los cuadernos de los deberes y Nayi se puso de pie y le dijo su voz firme:
-¡Disculpe! He olvidado el cuaderno en casa.
El rostro del maestro se contrajo apretando los labios como si ya hubiera tomado una determinación y dijo:
-¡Pon la mano!
Nayi ni extendió la mano ni se estremeció. Al Farir alzó su terrible tono de voz:
-¡Pon la mano!
Nayi siguió inmóvil como una piedra. Nosotros nos apretujamos tras él, apoyándole con nuestros ojos pequeños y miedosos; pero al Farir rugió y alzó su mano abatiéndola sobre su rostro. Todos nos quedamos mudos. Pareció que todo se trataba de una alucinación, porque Nayi con el rostro enrojecido gritó:
-Está prohibido pegar.
La voz de al Farir resonó como el trueno:
-¡Vete, animal! Yo te enseñaré…
Unos pequeños y precipitados pasos mezclados con un temblor, fueron seguidos por otros grandes y severos pasos que no conocían la compasión.
Transcurrió la mañana y nos sentíamos angustiados por Nayi. Por la tarde contamos en nuestras casas lo que había pasado. Nuestros padres no nos hicieron caso ni se alarmaron ante la idea de que fuéramos a rebelarnos.
Nayi volvió por la mañana. Se puso en fila con nosotros mientras le acosábamos con mil preguntas. No respondió. Sonreía y callaba. No tenía cara de desagrado pero tampoco era la cara del día anterior. Se sentó y empezó la clase. Al Farir explicaba como de costumbre; y al poco, de manera casual, llamó a Nayi y se pusieron los dos frente a nosotros. Dijo en tono de aviso:
-Voy a salir unos minutos al despacho del director. Nayi se quedará con vosotros. ¡A todo aquel a quien le apunte el nombre, yo le daré diez bastonazos cuando vuelva!
Nayi se quedó ante nosotros con las manos detrás de la espalda, extendiendo la mirada y examinándonos cuidadosamente. Los alumnos tuvieron la precaución de cruzar los brazos y bajar la cabeza en silencio mientras leían y empezaron a dirigirme cautas miradas de reojo que me decían: Ha cambiado la situación, hay que tener cuidado.
Pero yo no tuve cuidado. ¿Para qué tenerlo si Nayi era mi amigo?
-¡Eh, Nayi…!-llamé
Empecé a llamarlo como si aún lo fuera e intenté acercarme, pero me apartó bruscamente. Luego rodeó la pizarra y apuntó mi nombre.
Ala al Aswani, escritor egipcio, Fuegos amigos, El Cairo, 2004
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2009 Manuel Jiménez Lucena