mahmud darwish
Sentado en un tren
No teníamos pañuelo. Éramos amantes del último segundo. La luz de la estación. Una rosa simulaba un corazón al hurgar el manto de la ternura. Lágrimas que abandonan el andén. No teníamos historia. Por eso viajábamos, ¿habría que alegrarse de la llegada? No teníamos una azucena que los raíles se llevaran. Viajábamos buscando el vacío pero sin gustarnos los trenes, mientras las estaciones eran un nuevo exilio, sin luz donde ver nuestro amor de pie con el humo de la espera. Un tren veloz que recortaba los lagos, y llevaba las llaves de una casa en cada pecho y una foto de familia. Cada uno volvía con los suyos y nosotros no volvíamos a ninguna casa. Viajábamos buscando el vacío para recuperar la conciencia del lecho. No teníamos ventanas ni saludos en ningún idioma. ¿Era el mundo mas claro cuando subíamos a los viejos caballos? ¿Dónde estaban los caballos, dónde el coro y dónde las habituales canciones? Extraño soy de mi lejanía. ¡Lo que se aleja el amor! Cómo las muchachas apresuran su caza igual que ladrones, cómo olvidamos la dirección sobre el cristal de los trenes! Nosotros los que amamos durante diez minutos no podremos volver a ninguna casa en la que entramos, no podremos cruzar el eco dos veces.
Mahmud Darwish, escritor palestino, Una canción, una canción, 1987
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2008 Manuel Jiménez Lucena