LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

hossam fahr

Bárbara no ha dejado Nueva York

Bárbara encarnaba el espíritu de Nueva York. Tenía una voz estridente y vulgar, y una pronunciación nasalizada y algo tosca. Bajo una coraza de una sinceridad hiriente que casi rozaba la grosería, se escondían una bondad y una humanidad sin límites. Excelente lectora, nunca le hablé de un libro que no hubiera ya leído y sobre el que no se hubiera forjado una opinión clara y precisa que denotaba una profunda comprensión del texto. Si le pedía consejo sobre algún restaurante, me daba el nombre de diez que ofrecían el mismo tipo de comida, además de la dirección, el precio y su opinión sobre la decoración, la higiene de los aseos, la calidad del servicio e incluso sobre si el local era tranquilo o ruidoso.

Cuando se ponía a hablar de música, me encontraba ante una enciclopedia cuyos conocimientos parecían no terminarse nunca. “La mejor grabación de la Novena Sinfonía de Beethoven es la de la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección de Von Karajan en 1969”. “El mejor lugar para escuchar jazz no son esos clubes nocturnos que tanto abundan en Manhattan. Hay que ir a un pequeño café de Brooklyn los sábados a partir de las diez de la noche. Allí encontrarás el verdadero jazz en su estado más puro. Por desgracia no he vuelto allí desde que tomé la decisión de no salir de Manhattan, ni tan siquiera para ir a otro barrio de Nueva York”.

En el último árbol, la hija de Bárbara alzó el jarrón al cielo hasta que el agua de la lluvia llenó una tercera parte. Entonces lo removió para que las cenizas que habían quedado pegadas a las paredes se disolvieran en el agua. Luego derramó el contenido al pie del árbol y entre lágrimas dijo:

— ¡Adiós, mamá!

El primer domingo de cada mes me llevaba a una iglesia de Harlem para escuchar espirituales negros. La iglesia vibraba con el sonido de las palmas de los feligreses que cantaban balanceándose sin ningún acompañamiento musical. Únicamente sus voces formaban una orquesta completa, creando armonías improvisadas de inimitable belleza. Las voces de los hombres destacaban sobre las de las mujeres y viceversa, para terminar uniéndose hasta culminar en un deleite extático que otorgaba al oído un placer celestial.

Después de esta misa musicada salíamos de la iglesia. Yo le tendía el brazo para que se apoyara, pero ella lo apartaba suavemente con una palmadita y me decía:

— ¿Me estás llamando vieja, muchacho? Ya sé que tengo 74 años, pero estoy más joven que tú. ¿Echamos una carrera hasta la parada de autobús?

Entonces nos sentábamos en un pequeño restaurante donde servían “soul food”, platos de la tradicional cocina afroamericana. En medio de un mar de afables caras negras, nuestra presencia no extrañaba a nadie, aunque la piel de Bárbara fuera de un blanco intenso y la mía de color café con leche.

Después de comer volvíamos a su piso, el más bonito que he visto en Nueva York. Estaba en la última planta de un edificio antiguo. Los marcos de las ventanas y las barandillas de los balcones estaban decorados con relieves y gárgolas que databan de aquella época en la que la gente aún disponía de tiempo para dar un toque de belleza a las fachadas de los edificios, algo totalmente distinto a las líneas rectas y duras que caracterizan los edificios modernos de Nueva York, construidos con hierro y cristal.

La terraza de Bárbara, llena de flores y plantas, ocupaba la mitad de la azotea del edificio. En ella había instalado una pequeña pérgola cubierta de hiedra bajo la cual había una mesa y cuatro sillas. Allí nos sentábamos para charlar, tomar café y fumar. No había ni un solo día que Bárbara no hiciera referencia a la puesta de sol y describiera apasionadamente la belleza del paisaje en aquellos breves instantes en que los rojizos rayos del sol se reflejaban en los tejados de los edificios colindantes.

En el interior había un amplio salón y un despacho con las paredes llenas de librerías, fotos (en otra época de mi vida fue, según me dijo, fotógrafa profesional) y un sinfín de discos. Por aquel entonces a mí me había dado por escribir en inglés y le solía dar todo lo que escribía para que lo corrigiera y situara correctamente los puntos y las comas. Bárbara ponía entonces música tranquila y se sentaba en su escritorio para hacer lo que yo le había pedido, mientras que yo me sentaba frente a ella, como un aprendiz. Al cabo de un rato me devolvía el texto sin haberle cambiado ni una sola letra. Sin embargo, y como por arte de magia, el texto parecía otro debido exclusivamente a los cambios de puntuación.

Un día me dijo burlona:

— ¡Así se escribe, que pareces analfabeto!

Al ver que en mi rostro se ensombrecía, añadió echándose a reír:

— ¡Venga, hombre! No pongas esa cara... Sólo tienes que coger y decirme que tú escribes en una lengua extranjera, mientras que yo no sé ni pedir un vaso de agua en otra lengua que no sea el inglés. ¿Es que no pillas una broma o qué?

Nos pusimos a reír y encendimos un cigarrillo. Bárbara dijo entonces:

— Acabaremos siendo los últimos fumadores de Nueva York. No dejan de darnos la lata. Al final sólo podremos fumar en el lavabo. ¡Qué asco!




No recuerdo cuándo fue la última vez que lloré con tanta fuerza y que derramé tantas lágrimas como cuando el yerno de Bárbara me llamó por teléfono y me dijo:

— Bárbara ha muerto. El velatorio es esta noche en su casa y el funeral mañana.

Era la primera vez que iba a un velatorio en Nueva York. No hubo salmos, ni cánticos religiosos, ni oraciones. Simplemente una ceremonia en la que un grupo de amigos se reunía en torno a una mesa llena de comida y bebida mientras escuchaba música tranquila y compartía recuerdos de la difunta, que estaba presente en todas partes: en las colillas del cenicero, en la taza de café medio vacía en el fregadero, en el libro abierto al lado de su cama, en sus flores y en sus fotos...

No podía soportar quedarme en aquel lugar ni un minuto más, así que me fui prometiendo volver a la mañana siguiente para asistir al funeral.




El cielo estaba gris y llovía a cántaros. La luz del salón era tenue. Éramos cuatro bebiendo café en silencio. Encima de la mesa había un jarrón de porcelana china con grabados que nunca antes había visto. Nos levantamos y con los ojos hinchados y un gran peso en el corazón nos dirigimos al funeral. Su hija llevaba el jarrón chino. Le pregunté:

— ¿Dónde será el funeral?

— Aquí al lado, en la calle Perry.

No entendía nada. No había ninguna iglesia ni ningún cementerio en esa calle. ¿Qué íbamos a hacer allí?

— La última voluntad de Bárbara era que su cuerpo fuera incinerado y que se esparcieran sus cenizas por la calle Perry, la primera calle en la que vivió en Greenwich Village, así nunca se separaría de Nueva York. Las cenizas están aquí, en este jarrón.

Me invadió un escalofrío del que no me pude liberar en todo el camino. Cuando llegamos al primer árbol de la calle, la hija de Bárbara se detuvo y esparció algunas cenizas a los pies del árbol. Luego repitió la misma operación en todos los árboles de la calle Perry. La lluvia se mezclaba con mis lágrimas. El cielo gris me asfixiaba. Los escalofríos me llegaban hasta la médula.

En el último árbol, la hija de Bárbara alzó el jarrón al cielo hasta que el agua de la lluvia llenó una tercera parte. Entonces lo removió para que las cenizas que habían quedado pegadas a las paredes se disolvieran en el agua. Luego derramó el contenido al pie del árbol y entre lágrimas dijo:

— ¡Adiós, mamá!

Volvimos con paso lento. Cuando llegamos al principio de la calle me fijé en un hombre que iba paseando a su perro. De repente, el animal saltó a los pies de uno de los árboles. Luego empezó a olisquear aquí y allá, levantó la pata trasera y se puso a orinar encima del tronco.

No sabía si echarme a reír o a llorar. Entonces me volvió a la mente la voz áspera de Bárbara mientras pronunciaba aquella famosa frase suya con la que respondía cada vez que yo me quejaba de nuestra ciudad:

— Así es Nueva York: o lo tomas o lo dejas…

Hossam Fahr, escritor egipcio, Rostros de Nueva York, El cairo 2003

Traducción de: Josep Lluís Abian López, Soraya Brígida Barazín Llull, Maria Casals Cervós, Anna Castejón Gutiérrez, Ikram Chilah Jidan, Miriam Clemente Arancón, Isabel Coll Soler, Nadine Michelle Ducca Deharbe, Marta Gironés Abril, Anna Gil Bardají, María Isabel Gutiérrez Gutiérrez, Adriana Hidalgo Lorenzo, Anna Junyent Torras, Miriam Llenas Ruiz de Manzanares, Júlia Llompart Esbert, Meritxell Mir Roca, Gal.la Ripoll Ricos, Meritxell Serra Pineda, Leticia Tovar Urbano y Anna M. Vallés Capdevila

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