hanna mina
Ésto es lo que queda de él
Su hija estaba en la habitación recostada en la cama orientada hacia el sur, con sus bonitos ojos negro fijos en él y sonriéndole:
-¿Cuándo volveremos?
-Dentro de poco.
-De todos modos, no será enseguida, sino después de que yo salga del hospital.
-Enseguida no...
-Es necesario que permanezcamos unos días en Londres.
-Claro, pequeña.
-Veré la ciudad y compraré algunos regalos para mis hermanos.
-Verás la ciudad y comprarás los regalos.
-¿Y el regalo de mi hermano pequeño? Quiero comprarle algo muy bonito.
-Será sin duda muy bonito...
-Yo lo elegiré...
-Elegirás todos los regalos.
-¿Y no te enfadarás si doy muchas vueltas por las tiendas?
-No me enfadaré...
-¿Qué ha dicho el médico?
-Que tienes muy buena salud.
-¿Me sacó aquella pequeña cosa de mi espalda?
-Sí.
-¿Entonces fue un éxito la operación?
-Totalmente.
-¿Y andaré otra vez como todo el mundo?
-Andarás como todo el mundo.
-¿Y bailaré?
-Bailarás.
-¿Y saltaré como quiera?
-Saltarás como quieras.
-Gracias a Dios, papá.
-Gracias a Dios, pequeña mía.
-Dame la mano...
-Ten...
-Al tocarla siento como si tocara las manos de mamá y de mis hermanos.
-Me han pedido en la carta que te de un beso.
-¿Y por qué no lo hiciste?
-¡Ay! Me olvidé... Te besaré.
Y la besó.
-¡Quien iba a creer que me curaría con tanta rapidez!
-Dios es generoso, amor mío...
-¿Tuviste miedo por mí?
-Un poco...
-¿Y ahora?
-Estoy tranquilo...
-Entonces, dame otro beso...
La besó de nuevo.
El hombre pensó en lo que costaría un hospital de este tipo y si un estado petrolífero no era capaz de construir diez hospitales parecidos y por qué no hacían venir especialistas para que trabajaran en esos hospitales equipados. ¡Montecarlo! ¡Montecarlo! Sobre tus mesas verdes cada noche se derraman riquezas que construirían una ciudad sanitaria.
Lo hizo con gran dificultad, sintiendo una quemadura en la garganta que le impedía hablar. Se alejó de la cama fingiendo mirar los viejos edificios de Londres, la superficie extendida ante él llena de chimeneas. Se esforzó por contenerse y no echarse a llorar, para no dejar caer ni una lágrima que delatase, en realidad, lo que había oído. Dudaba de su capacidad de dominarse y rehuía mirarle los ojos a su pequeña. Deseaba evadirse por completo del hospital y salir a donde lo llevaran sus piernas o sentarse en un bar y hundir su tristeza en la bebida.
- Tengo que aguantar -se dijo suspirando en silencio- No soy una mujer. Los hombres no lloran. Intentó esconder en la profundidad de su alma sus tristes sentimientos y distraer la mirada con la panorámica que había ante él.
El cielo de color ceniza. Estaba a punto de llover. Las chimeneas arrojaban el humo como barcos amontonados en un puerto, escupiéndolo, preparados para partir. Era una atmósfera deprimente que unía los sentimientos con la tristeza, en tanto luchaba por separarse de ella. Se esforzó para se le distendieran las malditas cuerdas de su garganta que le hacían temblar la voz y enviar un cálida corriente hacia el cerebro y los nervios de los ojos.
-¡Maldito sea! ¡Qué débil soy! ¡Dios mío! ¿Por qué me hiciste tan débil y sensible? ¿Qué es más duro? ¿Que una persona se conforme con su condena a muerte o que se conforme con la condena a muerte de su hijo?
Se sacudió de encima todas esas preguntas atormentadas y se dijo:
-No sé. ¿Por qué doy vueltas alrededor de mis tristes pensamientos? Me he de conformar con el veredicto y basta... El médico me dijo que morirá y yo sé ahora que morirá. Pero ella no debe saberlo.
Dio vueltas en la pared acristalada y la miró. Siempre que la miraba, ella sonreía.
Era alegre, tranquila, confiada en todo lo que deseaba. Como le dijo, el médico le había sacado aquella cosa pequeña de la espalda y la operación había sido un éxito. Sólo necesitaba unos días para curarse.
-Si pudiera dar la vida por ti, amor mío -pensó mirándola de frente. ¿Por qué no aceptas, Azrael, el sacrificio? Yo me voy y ella se queda.
Se acercó a ella y acarició su pelo negro suelto sobre la almohada. Después bromeó a su lado y cogió de nuevo sus manos sonriendo... Se sintió aliviado porque sonreía y venció temporalmente su tristeza.
Poco a poco se alejaba la conmoción causada por la entrevista con el cirujano:
-Es inútil el tratamiento, señor... su hija morirá.
Reinó un terrible silencio, como si un tribunal hubiese proferido el veredicto de una ejecución.
-El cáncer avanza a lo largo de la columna vertebral. El pie de la niña se paralizará y después el otro. La parálisis se propagará más tarde por todo el cuerpo hasta alcanzarle el cerebro y le sobrevendrá la muerte.
Intentó preguntarle más cosas al médico, obtener unas palabras que significaran que había una esperanza de recuperación. Aunque fuera una entre mil. Pero el médico repitió, esta vez con menos palabras, lo que había dicho antes.
Y perdida la esperanza, se frotaba los dedos en la espalda. Cuando el médico se fue, se puso a recorrer la sala de un lado a otro. Ojalá pudiera hablar con alguien y así calmar su ansiedad. Pero nadie había a su lado, era un extranjero en un país extranjero que recibía la noticia de que la muerte le arrebataría a su hija de las manos. Nadie, ni su hermano, ni su esposa, ni un amigo. Su hija y él, solos con la muerte, solos en un país extranjero.
¡Bueno! Encendió un cigarro, después otro y otro. Se mordió los labios disponiéndose a entrar en la habitación. Reunió toda la fuerza que le quedaba hasta dibujar una forzada sonrisa en su rostro y entró.
Ella le esperaba. Había preguntado varias veces a la enfermera cuándo llegaría, su rostro estaba iluminado como una mañana de verano, su encantadora sonrisa envolvía sus ojos negros. Le hizo creer que se curaría y que abandonaría el hospital para ir a casa y al colegio. Por eso le imploró:
-Tenemos que darnos prisa en preparar la operación. No quiero perderme el futuro.
Ahora, realizada la operación, había perdido el futuro; es decir, había perdido su propia vida. Pero tenía que esconderselo todo. Tenía que mentir. Decirle que se recuperaría y seguir sus vanas fantasías.
Y cuando ya fue incapaz de mentirle, le dijo que salía a fumar un cigarro y que volvería. Ella asintió con la cabeza y sonrió alegre. Una vez fuera, caminó tranquilamente y con cuidado para que no se diera cuenta que huía de allí, se alejó de la puerta dirigiendo sus pasos hacia la sala de espera donde se arrojaría en un asiento y dejaría correr en libertad sus sentimientos.
Sin embargo, en la sala de espera encontró un niño que se arrastraba sobre la alfombra. Era un bebé que se había despertado al entrar y alargaba sus manecitas como pidiéndole que lo cogiera. Al no hacerlo, el niño lloró y redobló su llanto. El hombre sin saber qué hacer, lo cogió en sus brazos, acariciándole hasta que paró de llorar.
Se sentía sucio. Se acarició el pelo. Repitió las palabras que le diría cuando se despertara y cómo se las diría. Se compadecía de aquellas dos desgraciadas criaturas como él, cuyos destinos era iguales.
El niño era muy moreno y estaba sano, sus ropas delataban que no era de Londres. Tenía un chupete colgando de su cuello. Su madre se lo habría puesto en la boca al dejarlo sobre la alfombra y se le vayó cuando empezó a gatear como si la hubiera querido seguir. El hombre asoció la ausencia de la madre y el llanto y tuvo que ponerle el chupete mientras su madre regresaba. Se sentía perplejo, su aflicción se consolaba de los arrebatos de dolor que quemaban su garganta con los pequeños gritos de ternura que articulaba a pesar de la sequedad de su respiración.
Finalmente, apareció en la puerta una mujer bronceada y de pelo negro, con los hombros envueltos en un chal de seda blanca que le indicaron que también era extranjera como él, aunque no pudo adivinar de qué país.
La mujer sorprendió al hombre llevando el niño en brazos y se quedó clavada en el umbral en vez de pasar hacia dentro. Vaciló en qué lengua hablar antes de extender sus manos y coger al niño que reemprendió su llanto al verla. Tartamudeó algo entre dientes y se llevó al niño hasta un asiento en un rincón de la sala.
Se sentaron en silencio. Él fumando y ella con el niño en brazos. Cada uno tenía su dolor particular; y aunque el dolor del hombre fuera mayor y podía reprimirlo, la mujer abrigaba un tipo de confianza que la hacía parecer tranquila... Deseó que le dijera algo al niño para saber de qué país era; pero la mujer no pronunció una palabra pues, como él, estaba pensando de dónde era el hombre que había cogido a su hijo.
Vino una enfermera y lo llamó. Aunque también ignoraba el inglés entendió que le decía que el médico quería verle. Le siguió a la sala principal donde había un médico al que no había visto hasta ahora. Le pidió disculpas, en francés, por la molestia y le comunicó que se veía obligado a hablarle acerca de un enfermo árabe que había llegado el día anterior al hospital. El hombre recordó inmediatamente a la mujer y al niño y comprendió que tendría que hacer de traductor. Deseó en secreto que la noticia que tuviera que darle fuera mejor que la noticia que le habían dado a él sobre su hija. El médico le rogó que comprendiera la situación y actuara con la esposa del enfermo como viera conveniente según las costumbres de los países árabes.
-Comprenda -dijo el hombre- que en nuestro país los médicos no dicen toda la verdad a la familia del enfermo.
-Vd. debe saber que aquí explicamos abiertamente la enfermedad, poniéndolos ante la situación exacta.
-¿Y al enfermo?
-No hay motivo para hacerle sufrir... A veces, en los casos de gravedad, lo disimulamos...
-¿Cuál es el estado del enfermo?
-Es inútil su tratamiento... Leucemia...
-¿Es mejor que regrese a su país?
-Es demasiado tarde... Es preferible que no se vaya.
-¿Morirá entonces?
-Como máximo en dos días.
-¿Y qué debo decirle a su mujer?
-Dígale solamente que su estado es grave...
-¿La hago venir hasta aquí?
-Como quiera...
-No la llame... -añadió- El resultado final es por la tarde... Como ella no sabe nuestra lengua tiene que estar presente quien se lo traduzca...
-Estaré aquí para ayudarle...
-Es un buen gesto por su parte... Entonces, hasta las cinco.
-De acuerdo.
Y deshizo su camino por el largo pasillo mientras se atormentaba con su herida.
Su hija se hallaba en una cama en la habitación del final del pasillo. Tal vez estuviera sonriendo ahora por algo. Sus hermosos ojos negros brillarían de alegría ante la cercana recuperación, pensando en su madre, en sus hermanos y en su hermano pequeño, en los regalos, en correr y saltar, con volver a la escuela y en el futuro que no quería perder.
-¿Qué futuro te queda, pequeña mía? - se dijo pasando rápidamente por su habitación para que no le viera- ¿Y qué futuro le queda al hombre enfermo al que su mujer le contaría dentro de poco lo de curarse y volver al trabajo? En la gente es más hermosa su capacidad para soñar. El apego a la vida y la confianza en ella eran extraños como el sol en un día de invierno. Los dos eran personas extranjeras que se extinguían como una vela y la sustituirían por un larga oscuridad. Aunque sabía que los dos estaban al final del viaje, debía sonreírles y calmarles diciendo que se curarían y que volverían a su lejano país, donde el sol y la vegetación eran hermosos y el cielo azul y limpio. Se detuvo unos pasos antes de llegar a la sala de espera. Ahora tenía que apoderarse de su sonrisa, dibujarla en su rostro antes de entrar y mentir otra vez y decir otras palabras diferentes a las que había oído.
Aborreció ver a la madre y a su niño acurrucados en un rincón de la sala de espera. En ese momento en que sentía ahogarse le volvió el impulso de huir fuera del hospital, en dirección a las calles de Londres, bajo el cielo nublado y lluvioso y respirar profundamente al aire libre. Y mientras se contenía otra vez, volvió a mentir de nuevo, a alimentar la esperanza de curación en las personas que iban a morir; pues estaba obligado a quedarse ya que no podía abandonar ni a su hija, ni a la mujer con el bebé, ni a su marido enfermo.
La palabra "mañana" empezó a retumbar en el aire de la habitación y se clavó en sus ojos errantes y germinaron como alfileres sobre el colchón, como una espina en los labios débiles, deseosos de hablar sin poder hacerlo.
Inconscientemente se enjugó el rostro con su pañuelo. Se sentía sucio. Se acarició el pelo. Repitió las palabras que le diría cuando se despertara y cómo se las diría. Se compadecía de aquellas dos desgraciadas criaturas como él, cuyos destinos era iguales.
Sin embargo, la madre abrió de pronto sus ojos que fijó asustados en los del hombre y se excusó por dormir allí. Extendió las manos de forma involuntaria, estiró la parte inferior de la falda y se ajustó el chal abrazando a su hijo.
El hombre le habló en árabe, lo cual le cogió por sorpresa. Sus facciones se fueron calmando como quien encuentra la serenidad después de una gran ansiedad.
-Discúlpeme ... No sabía que era Vd. árabe.
-Presentía que Vd. lo era... Pero estaba confundida... No imaginaba encontrar aquí a quien poderle hablar.
Y se calló unos instantes para decir luego:
-¿Es médico?
-No...
-¿Tiene algún enfermo en el hospital?
-Mi hija...
-¡Que Dios la proteja!...
"¡Vamos!" -se dijo y le preguntó a su vez:
-¿Y Vd.?
-Mi esposo está en el hospital.
-¿Y como se encuentra?
-Bajo la misericordia de Dios.
-El médico me ha hablado de él.
-¿Y qué le ha dicho?
-Que el médico jefe vendrá por la tarde para hablarle de su enfermedad... Yo le serviré de traductor.
Pensó decirle que su esposo estaba en situación crítica, pero tragó saliva y continuó:
-Los exámenes médicos no han concluido. Espero que escuches noticias tranquilizadoras.
-Ojalá.
-¿De dónde es Vd.?
-De Palestina, mi esposo trabaja ahora en Kuwait... Estaba siendo tratado en Egipto y los médicos le indicaron que su estado era grave y decidimos venir a Londres... Nos dijeron que la medicina está aquí muy avanzada y que su recuperación era posible si veníamos. Su hermano se unirá a nosotros mañana... Esta es la historia.
Se parecía en cierta medida a su historia. Los médicos también le aconsejaron la recuperación de su hija en Londres. Y Londres había frustrado sus esperanzas.
-Soy de Siria... Mi hija sufre un tumor en la médula... y el mejor lugar para un cirujano de esta especialidad es Londres... Eso dijeron los médicos también.
-¿Por qué nos enviaron hasta aquí,... a este país extranjero?
-Porque allí no existen hospitales dotados de equipos especializados.
La mujer guardó silencio... y el hombre pensó en lo que costaría un hospital de este tipo y si un estado petrolífero no era capaz de construir diez hospitales parecidos y por qué no hacían venir especialistas para que trabajaran en esos hospitales equipados. ¡Montecarlo! ¡Montecarlo! Sobre tus mesas verdes cada noche se derraman riquezas que construirían una ciudad sanitaria. ¡París! ¡Tus perfumes y tus canciones, los baños perfumados y los millones que se pierden! Y nosotros aquí... Un niño que se arrastra por el suelo, un hombre que se queja en la cama y una joven que se desliza hacia el abismo, un padre atormentado y dolorido, una esposa perturbada por el miedo y el sufrimiento y cientos como ellos en esta o aquella tierra que mueren en un país extranjero.
Llegó la enfermera pidiendo a la mujer que fuera a la habitación de su marido e indicándole que dejara al niño en la sala de espera. El bebé se despertó llorando al levantarse la madre. El hombre se acercó como si ya lo hubieran convenido y lo cogió diciéndole:
-Vaya...
Ella se levantó tropezando avergonzada, aunque ahora ya no fuera un extraño para ella. Se había convertido en un pariente del exilio, un socio del dolor, portador de la verdad y su confidente. Tenía que llevar su desgracia y ayudarle a llevar la suya, mentir sobre la curación con dos sentimientos divergentes, en dos habitaciones vecinas y mirar la muerte como un verdugo sobre las cabezas de la muchacha y del hombre.
La mujer le dijo a su esposo:
-En la sala de espera hay un hombre de nuestro tierra... Es extranjero como nosotros.
-¿Y que hace aquí?-le respondió.
-Su hija esta enferma en una habitación vecina.
-Quiero verle... ¿Por qué no ha venido contigo?
La mujer calló. Se le hacía difícil decirle que estaba con el niño, pues era un paso hacia la tumba, la frontera en el extranjero se difuminaba y el enfermo no lo comprendía. ¿Por qué el desconocido se había ofrecido voluntario para tener a un niño desconocido? Mientras la esposa se sentía desconcertada, la enfermera permanecía cerca de la cama sin comprender una palabra de lo que los dos hablaban. Era solamente un testigo, un testigo neutral que miraba a la muerte suspendida sobre aquel hombre y a pesar de ver a ese verdugo mirarle cada día, como cualquier otra persona, nada podía frente a él.
La mujer fue a llamarlo:
-Mi esposo, en la habitación nº 2 quiere verle. Por favor, dígale algo que le consuele, quédese a su lado hasta que se calme.
El hombre se dirigió hasta allí. Pasó por la habitación de su hija que continuaba sonriendo, pensando sin duda en los regalos y le dijo:
-¿Cómo está mi pequeña? Mañana te traeré las cartas que reciba de la familia. Ahora estoy un poco cansado... Volveré.
La dejó sonriendo también. Aquella pequeña cosa de su espalda había desaparecido y mañana o pasado se levantaría de la cama.
En la otra habitación estaba el enfermo. La muerte había movido las barreras de la cama y se representaba sobre la almohada.
El enfermo le saludó al entrar:
-¡Bienvenido! ¡Ay, el olor de la patria!
-¿Cómo te encuentras? ¿No te sientes mejor?
-No sé... ¿Qué ha dicho el médico?
-Todavía no ha informado de los resultados...
-Ni su opinión... Me dijeron que aquí tienen conocimientos... ¿No se conoce mi enfermedad?
-Aquí no diagnostican la enfermedad, empiezan con los análisis y después aparecen los resultados.
-¿Y cuándo darán a conocer los resultados?
-Mañana.
-¿Mañana?
Lo dijo con pena, como si ese mañana fuera lejano, eterno y después inclinó su cabeza en la almohada.
La palabra "mañana" empezó a retumbar en el aire de la habitación y se clavó en sus ojos errantes y germinaron como alfileres sobre el colchón, como una espina en los labios débiles, deseosos de hablar sin poder hacerlo. "No quiero morir, quiero recuperarme" Ardientes gritos que se extinguen, balbuceos y sudor sobre la frente. Después preguntó con ansiedad por el pequeño.
-Duerme -le respondió.
-¿Cuándo estará despierto? Siempre que pregunto por él me dicen que duerme... Quiero verlo...
-Lo verás...
-¿Cuándo?
-Cuando esté despierto.
-Traédmelo dormido.
-No es posible. Ten paciencia, lo verás... Si no es hoy, será mañana.
Y brillaron unas lágrimas en los ojos. "Siempre mañana. ¿Por qué no hoy?
Golpeó con los pies apartando el cubrecama y la enfermera se incorporó para rehacerlo e impedir el movimiento del brazo que a punto estuvo dejar escapar la vía del suero.
-¡Que venga el médico! -gritó el enfermo, señalando a la enfermera-¡Llamad al médico! Ésta sacudió la cabeza negando:
-No hace falta, será inútil.
-Espera un poco, el médico vendrá -le dijo el hombre.
-¿Y me dará algo para detener el dolor?
-Es necesario que te de un medicamento para detener el dolor.
-Y no moriré.
El hombre tragó saliva con dificultad.
-Te curarás... Aguanta un poco y te curarás.
-Me dijeron que aquí me curaría...
-Eso es cierto, te curarás.
-¿Y volveré a mi país?
-Claro...
- Y llevaré a mi hijo en brazos...
-Lo llevarás en brazos y pasearás con él...
-Y veré mi casa, a mis hijos y a mi familia...
-Los verás a todos.
-Dame tu mano.
Le dio la mano y la cogió rápidamente con una fuerza efímera. A pesar de ello continuó agarrándola. Su hija también le pidió la mano y se quedaba aferrada a ella. Todos los que estaban allí, los que se despedían en un viaje sin retorno, le habían cogido con sus manos marchitas y se habían aferrado a la suya. Se adherían con ellas, obligatoria y tenazmente. La mano del enfermo se relajó. ¡El coma! Se restablecería un poco, comenzaría el estertor después desaparecería y volvería el estertor y el coma. Se estaba muriendo. El médico lo dijo y lo estaba viendo. La enfermera aguardaba y la mujer en la sala de espera. Él, que estaba presente y no podía hablar, masticaba en silencio su dolor.
Volvió a la sala de espera y le dijo a la esposa que su marido dormía y que le diera al niño y se fuera a la habitación de su hija. Que no le dijera nada, solamente que su marido estaba enfermo y que se curaría. Su hija estaría contenta de verla y también le gustaría que alguien le hablara en árabe y así las dos se distraerían un poco.
Le dio el niño y salió. Era conveniente que ella visitara a su hija y que él llevara a su hijo, que existiera una relación confidencial entre ellos ahora. Una relación de nacionalidad y de dolor. En el corazón del gran Londres había encontrado ahora un rincón habitado. Pues todo lo que había a su alrededor estaba vacío y ahora había encontrado un rincón habitado. La frialdad de las cosas, en la soledad, empezaba a ser cálida con ese niño entre sus brazos que movía los pies y las manos y le hacía sentirse feliz y capaz de consolarse ante el dolor. Allí había aún una esperanza que no se rompería mientras el jefe médico no dijera otra cosa.
Al día siguiente llegó el hermano del enfermo. Había dejado su trabajo en Kuwait para estar junto a su hermano. La esposa le salió al encuentro llorando. El jefe médico había venido y dijo unas palabras que el hombre tradujo en parte y se abstuvo de traducir otras. El médico se expresaba con la realidad apropiada a su profesión. Juzgó conveniente esperar la muerte y después se marchó apresurado, con la mayor amabilidad y dando algunas instrucciones a la jefa de enfermería.
La esposa, el hermano y el hombre se sentaron en la sala de espera. Tres extranjeros en un país extranjero, en dos habitaciones vecinas, con un enfermo que se moría y una jovencita a la que le brillaban los ojos negros por la alegría de una pronta curación, porque no sabía que moriría. Toda la diferencia entre ella y el enfermo era un tiempo más largo o más corto. La decisión estaba tomada: La muerte también.
El hermano dijo:
-¿Por qué nos dispersamos de Palestina a Líbano, y de Líbano a Kuwait, de allí a Egipto y de Egipto a Londres? ¿Para alejarnos del final?
-Extranjeros, extranjeros... -respondió la esposa- ¿Por qué somos gente extranjera y sin camino? ¿Por qué vivimos en el extranjero y en el extranjero encontramos a la enfermedad y a la muerte?
El bebé lloró como si recordara su existencia y quisiera participar también con el recuerdo.
-Aguantemos un poco... Ser extranjero no es eterno... Todo acabará y volveremos...
-¿Volveremos? ¡Ja!... Hace veinte años... -dijo el hermano.
-Lo sé, lo sé... Hace veinte años.
-Muchos no volverán... Murieron en el extranjero.
"Y tu marido es uno de ellos", pensó el hombre.
-Descansad... -le dijo a ella.
-¿Y nosotros cuando descansaremos? ¡Estamos cansados! - preguntó el hermano.
-También descansaremos... Quien tiene un poco de paciencia, tiene mucho.
El hermano estalló:
-¡Maldita sea la paciencia!
El hombre agitó la cabeza asintiendo, en tanto la mujer volvió a preguntar:
-¿Has dicho que el médico no ha dado una opinión definitiva?
-Sí...
El niño lloró de nuevo. Su padre estaba muriéndose.
-El médico le dio las indicaciones necesarias a la jefa de enfermería.
-Vamos a verla .... Por favor... -dijo el hermano- Es posible que nos informe de algo...
El hombre estuvo de acuerdo y salieron.
La jefa de enfermería no dijo nada. El enfermo se estaba muriendo...
-Vayamos a su habitación y veamos su estado... -dijo el hermano.
El hombre le tradujo lo que había dicho y la enfermera se opuso. El enfermo se estaba muriendo.
Volvieron a la sala de espera y estuvieron sin pronunciar una palabra. Ambos repetían sus preocupaciones a su modo. El niño dormía en brazos de su madre. Incapaz de comprender que su padre se moría. Solo él descansaba ante esta verdad que le pasaba por alto. Un día se haría mayor y tal vez comprendería en ese momento que la época del exilio había terminado.
Tabaco. El hermano encendió un cigarro. El hombre encendió otro. Los dos volvieron a encender un nuevo cigarro; volvieron, durante horas, a encender cigarros y apagarlos. De pronto llegó la enfermera y llamó al hermano... El moribundo había fallecido.
Los dos hombres se apresuraron hasta la habitación. Las cortinas de la cama estaban corridas alrededor del muerto y el silencio de la habitación delataba con tristeza el lejano viaje. Cuando el hermano apartó la cortina el alma ya se había entregado. Se echó sobre él abrazándole y gritando: "¡Hermano, háblame, hermano! ¿Cómo te vas a morir tan deprisa, hermano?"
Pero no respondió... Viajaba en la distancia...
Los dos hombres salieron al llegar la enfermera quien les pidió que informaran a la esposa para que viniera y se despidiera de su esposo antes de que se lo llevaran al cámara mortuoria. Se miraron mutuamente y los dos se dirigieron a la sala de espera: "¿Quien de los dos se lo diría?". Los ojos del hermano suplicaron ayuda y los del hombre también la suplicaron. Ambos lloraron y se abrazaron. Se abrazaban, no porque un enfermo hubiera muerto, no porque un palestino hubiera muerto, sino porque todo había terminado en el extranjero y en la sala de espera se hallaban la esposa y el bebé....
¿No eran mas duras algunas situaciones? ¿En un año? Tal vez más, cada uno de nosotros estaría dispuesto a que avanzara la edad para evitar una situación semejante. Pero las situaciones cambian y los años no acaban fácilmente. Teníamos que reprimir el dolor y aprender cada cómo sufrir más y aguantar más.
Entraron en la sala de espera. El hermano sollozaba y el hombre le dijo a la esposa:
-Ahora ya descansa en paz, tiene que despedirse de él.
-¿¡Está muerto?!
Los dos asintieron con la cabeza. La mujer se golpeó las mejillas y se desplomó... La enfermera corrió para socorrerla y el hombre abandonó la habitación con el niño en sus brazos.
Al cabo de una hora la mujer salió de la habitación del marido muerto con una bolsa de nylon en sus manos, con todo lo que quedaba de él: un pantalón, una camisa y un par de zapatos... A continuación salió una camilla con el fallecido amortajado y envuelto en una sábana blanca y entró en el ascensor para ser transportado a la cámara mortuoria... Los dos hombres se abrazaron y todos despidieron.
Al día siguiente, la joven le preguntó a su padre:
-¿Cómo se encuentra el tío enfermo de la otra habitación?
-Bien, hija -le respondió sin mirarle a los ojos- Pero ya se han ido de aquí... Descubrieron que su enfermedad era del estómago y lo llevaron a otro hospital para operarle...
La muchacha calló. Quién sabe si se lo había creído. Tal vez sí, tal vez no. Ella nunca dudaba. Estaba segura de que se curaría...
Su padre se lo había asegurado, por décima vez le había engañado diciéndole que se iba a curar.
Abandonó la habitación para dar una vuelta sin rumbo, como un extranjero en una ciudad extranjera.
Hanna Mina, escritor sirio, Ébano blanco, 1997
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2007 Manuel Jiménez Lucena