LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

salwa al naimi

El ángel

¿Qué muere en mí cuando no hago lo que quiero?
Dolor de cabeza, cobardía y necedad. El dolor de las leyes del cuerpo. Tal vez su necesidad.
¿Desde cuándo no me ha besado nadie?
¿Desde cuándo no he pensado en besar a nadie?
Es una gran desgracia y un camino tan extraviado.
El dolor de la amargura que se evapora hacia la cabeza.
Le veo dormir. Ronca un poco. Escucho el sonido armonioso de su ronquido. Es la evolución del matrimonio. Al principio oía su respiración y mi corazón se consumía. Las señales del principio. Las señales del final. Tal vez lo que te cautivaba al principio, te espanta al final. ¿Quién intentaría comprenderlo? Yo no lo intento.
Diste mucho y no diste lo suficiente, me dijo.
¿Qué es mucho y qué es poco?
Nos deseamos lo suficiente.
El largo beso le hizo moverse despacio. Basta que yo cierre los ojos, aunque los suyos estén abiertos. El deseo queda suspendido en el primer parpadeo.
¿Qué es más difícil, decir sí o decir no?
¿Por qué quiero hablar?
Es suficiente cerrar los ojos y superar el calor.
¿Cómo duerme la solterona? Le gritaba en aquella calle de Damasco. No recuerdo que hacía el mono pero la gente a su alrededor se reía. Yo era una niña y me reía con ellos.
¿El sueño de la solterona?
Lo reconociste sin que lo fuera.
Lo reconociste junto a un hombre que también dormía el sueño de la solterona.
¿Cómo duermen juntos el sueño de la solterona un hombre y una mujer?
En el matrimonio. En el lecho del matrimonio.
¿Qué queda del amor después del matrimonio?
Después de años de matrimonio.
Respuesta: El sueño de la solterona.

Me retrasaré unos días, dije. Su voz fría empezó a ser inquietante, después hiriente. ¿Me persigues? La palabra no resulta la apropiada. Con una irreversible y vieja reacción el agudo dolor llegó a mi garganta y tapé el auricular del teléfono. Lancé un insulto. Ese mismo agudo dolor me hizo estremecer un tiempo que no he vuelto a recordar. Ahora es suficiente un solo insulto para que salte desde mi garganta como una pelota. ¿Quería hacerme volver en el momento fijado? No es la pasión. Quería tranquilizarme con mis obligaciones matrimoniales.



Estos encuentros nocturnos eran lo último que quedaba entre nosotros. Estaba cerca de ti, sentía tu deseo sobre mi piel llenando mi sangre. Abría mis piernas y me penetrabas, silenciosos los dos, con nuestra respiración acelerada hasta el aliento final.

¿Qué queda de nosotros después de años de matrimonio?
Sólo el matrimonio.
Distante, sola, cerca de morir.
Estoy sola, cerca de morir.
Sola como un perro sarnoso. No, como una perra sarnosa.
¿Qué queda después de años de matrimonio?
Respuesta: El silencio del matrimonio.
Un silencio hostil, no artificial, discontinuo.
El silencio del matrimonio.
Te vaciaste , me dijo. Esa es la imagen que quedará en mi cabeza: La imagen de una mujer dispuesta para el amor.
Entraste a la habitación tu sola y cerraste la puerta detrás de ti.
¿Qué murió en mí, dispuesta para el amor?
La ligereza de los primeros momentos, el latido de las alas del deseo, la agitación de la sangre. Siempre pasa rápido y vuelve amargamente como una niño prohibido.
Desde mi ventana veo el mar agitado, después de la tempestad de ayer. La playa vacía como un desierto. Se me ocurrió bajar sola hasta el agua fría. Me sumergí con un impulso y mi cuerpo tembló. Sentí el escalofrío del amor. Los temblores se multiplicaron. La muerte.



Abro los ojos cerca de la ventana, mientras duerme.
El niño juega solo. Canta. Habla. Ríe. Grita. Representa un papel.
Corre hacia mí: ¿Cuándo dormiremos en el mar?
Cuando salga el sol, le respondo. Ya ha salido, protesta.
Es verdad. Está escondido detrás de las nubes.
¿Por qué se esconde detrás de las nubes? Se aleja sin esperar una respuesta.
Se quita los pantalones. Corre para orinar continuando su inacabable conversación.
Se cubriría si estuviera solo, si tuviera un hermano o una hermana, me dijo una vez.
Jean Paul Sartre estaba solo.
Me asesinó con la mirada. Idiota. No cambias.



Abrí los ojos una mañana y con la cabeza llena de imágenes fugitivas. Todo desaparece, todo se traslada. Quiero quedar vacía como un tambor.
Jaqueca.
La jaqueca de la amargura.
La amargura irrepetible.
Una amargura sólida.
La amargura de un mal sueño.
La amargura de olvido del cuerpo o de su desinterés.
Los envolveré con las risas, con el brillo de los ojos, buscando las miradas de amor de los demás.
Le veré. Le diré: ¡Bienvenido! Y entornaré los ojos cuando me bese.
Sus labios recorren mi cara y mi cuello. Le miro con los ojos abiertos.



En cierta ocasión leí un estudio acerca del beso y un comentario sobre sus causas.
Lo olvidé todo. Palpo su rostro como un ciego. Dibujado como la gacela.
Huiste de los demás, recurriendo a la ventana y al humo del cigarro.
Cada vez que estaba preparada me miraba con una sospecha. ¿Desde cuándo esta pasión por salir?
Obligaciones del trabajo, repliqué, evitando su mirada.
¿Le dije que era un momento tan sólo? Una válvula de escape. Un agujero de ventilación. El miedo a detenerse. El miedo a la muerte.
El miedo conyugal. Cerré la puerta detrás de mí y me precipité en los nuevos días.
Cuando los demás me preguntaban, respondía con dificultad: Bien, bien, todo bien, repito con cierta sorpresa.
Hay quien vive mi vida en aquel sitio.
Estoy enferma de olvido.
Estoy curada de olvido.
El experto decía que los esposos pasan períodos de flujo y reflujo como el agua del mar, épocas de afecto y épocas de violencia, que se suceden como la noche y el día; por lo que los beneficios nos son engañosos.
Entonces yo estoy ahora en un período de violencia.
¿Desde cuándo?
No recuerdo ni es importante hacerlo.
No quiero perder mi vida, dijo. Aún soy joven. Quiero vivir otra cosa.
Yo no quiero nada.
En el coche, de camino a esta ciudad marítima, su brazo rozaba en mi brazo y su pierna en mi pierna.
Recuerdo una historia de mi padre que mi madre detestaba.
La historia del hombre que quiso pedir una fatua al cheij, temiendo la anulación de su ayuno después de haber besado a su mujer en el Ramadán.
¿Cuánto tiempo hace que estás casado? –le preguntó el cheij.
Veinte años –le respondió el hombre.
No te preocupes. Es como si la hubieras besado con retraso.
No debemos esperar veinte años para invalidar nuestro ayuno.
Tu estás a mi lado y yo intento concentrar mis sentimientos en un punto común.
Nada.
Hace dos años abrí mi cuerpo por primera vez a otro hombre.
Estábamos uno al lado del otro cuando su brazo toco el mío con las sacudidas del coche. Un escalofrío inesperado me invadió. Esperé el momento en que nos tocaríamos de nuevo. Le miré y descubrí que le deseaba.
Descubrí con alegría que aún estaba viva. Respiro y deseo a otro hombre.
Descubrí que aún era capaz de desear.
Como quien vive años sin cabeza y después de tocar su lugar, de repente nota que ha crecido de nuevo; oye, ve, saborea, huele y desea.
No me impongas la carga de tu sinceridad, le dije.
Hace dos años, al lado de aquel hombre, recuperé el ardor de la sangre; como quien sale de una larga enfermedad. Extenuada y feliz.

¿Qué queda de nosotros después de años de matrimonio?
Antes, incluso en el corazón de nuestros combates, los cuerpos se encontraban en silencio y con fiereza, para volver a separarse por la mañana. Estos encuentros nocturnos eran lo último que quedaba entre nosotros. Estaba cerca de ti, sentía tu deseo sobre mi piel llenando mi sangre. Abría mis piernas y me penetrabas, silenciosos los dos, nuestra respiración acelerada hasta el aliento final.
Ni eso ha quedado.
Te veo dormir, se me ocurre dar un paso. Abres tus ojos y me estiro sobre tu trono como lo hacía antes.
Conservo mi sitio detrás de la ventana.
No hay deseo ni tengo que luchar con él.
¿Qué queda después de años de matrimonio?
El ángel sin sexo.
Heme aquí lisa como una hoja. Los años han pasado sobre mí como una apisonadora.
Heme aquí, apática, fría, pesada, como lastrada por piedras hacia el abismo.
Jaqueca.
Algunos se atrevieron a pesar del viento. Les veía tras mi ventana, esforzándose en la arena y el sol; todavía soy rebelde.
Volví a preguntarle: ¿Qué queda después de años de matrimonio? ¿Por qué lo hago?
Tengo una idea.
¡Oh Dios todopoderoso!
No te rías.
Veamos.
Me dijiste que no preguntara delante de nadie.
Su risa empezó a ser más clara.
Escucha. ¿Qué une a un hombre y a una mujer que no sea el diablo? El enemigo de los casados.
Se calló un rato. Le daba vueltas a la cabeza y reía a carcajadas. ¿Qué te pasa?
Nada, nada, respondí encogiéndome de hombros. Rió de nuevo, mientras repetía en voz alta: El enemigo de los casados. El enemigo de los casados.
El sonido de su risa detrás de mí y yo cogido de la mano del niño, dirigiéndome a la puerta.

Salwa Naimi, escritora siria, Riad el-Rayyes, Beirut, 2009

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2010 Manuel Jiménez Lucena