mahmud shaqir
El mausoleo
El autobús paraba de vez en cuando y bajaban para comprar algún recuerdo, para observar a unos monos que hacían acrobacias o a unas cobras que oscilaban con el sonido de las flautas. Había niños y mujeres que pedían limosna, esperando humildemente que tal vez aquellos extraños les dieran algo.
Ellos habían llegado de lugares muy poblados y diferentes, para asistir a la conferencia. Algunos declararon en un tono complacido que tuvieron suerte al ser elegidos para el viaje, pues estas regiones merecían ser visitadas por el ser humano, aunque fuera una sola vez en la vida. Esa fue al menos la opinión de la mujer búlgara que no pasaba de los treinta años; que dijo al hombre de la costa de Canaán, quien no pasaba de los cuarenta, que era feliz porque veía ahora con sus propios ojos los países en los que floreció una civilización que hizo por la humanidad muchas cosas.
El hombre confirmaba todo lo que decía. Después, a partir del momento en que se calló, se puso a contemplar su elegancia mientras arrastraba la cola de su vestido paquistaní de color rosa y le preguntó si se había aclimatado a la civilización que ahora la acogía en sus brazos. Ella le respondió que, lógicamente, había pasado un período de adaptación y que hacía aquello como expresión de amor hacia su marido, al que conoció en los asientos de la escuela universitaria, cuando éste vino a su país con una delegación académica.
Era esbelta y delicada; y parecía satisfecha con su vida, lo que duplicaba su curiosidad hacia ella. En respuesta a una de sus preguntas le dijo que a ella no le gustaba llevar tejanos, y prefería unos pantalones paquistaníes hechos con tela ligera que no ciñeran su cuerpo.
En el autobús se sentó a su lado. Actuaba con espontaneidad y desenvoltura, comentando juntos los lugares que aparecían por la ventana del vehículo y que luego no tardaban en desaparecer. Su voz era de una sensibilidad que parecía embellecida en su interior gracias a la fecundación de un ser de más de una cultura. Le gustó, en uno de los momentos en que su cabeza se acercó a su pecho, oir el latido de su corazón; pero le asustó la confusión de sensaciones y de pensamientos. Su deseo permaneció retenido en su pecho; y aunque se sentía ligeramente feliz, por el solo hecho de encontrarla a su lado, temió que en el último instante un pensamiento inusual echara a perder algo entre ellos.
El autobús se había detenido delante del espléndido edificio que se había salvado de la destrucción de la guerra. Caminaban al frente con toda tranquilidad, su bolso de piel colgado de su hombro derecho, sus livianas sandalias revelaban dos pies pequeños. Como el resto de la gente del grupo, estaba entregada a la contemplación de los detalles de que estaba constituido el edificio. El guía hablaba de los miles de obreros que habían estado trabajando en ese lugar a lo largo de veinte años hasta terminarlo.
Ella se le acercó y le dijo en un agradable susurro: ¡Qué fiel fue este hombre su esposa! Y añadió: Mi esposo pertenecía a la misma civilización que produjo estas preciosas ruinas.
El se acercó casi hasta tocarle con los labios el lóbulo de lu oreja y repuso con voz temerosa:
Pero después de su muerte se abandonó al desorden y al cinismo.
Mahmud Shaqir, escritor palestino, al Karmel, 2005
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2007 Manuel Jiménez Lucena