LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

baha taher

Sandes

Después de los fríos días en los que raramente había llovido en la aldea, aquella mañana de invierno era caliente. En el patio invadido por el sol, piaban alegremente los polluelos batiendo sus pequeñas alas doradas. A pesar de esto, cuando Umm Idris oyó el ladrido del perro fuera en el patio, se le encogió el corazón. ¿Quién venía en un momento como éste? No había pasado ni una hora desde que Ramadán y los niños salieron al campo. No era posible que volviera alguno de ellos ahora ¿Le habría ocurrido algo a Azuz en la escuela? Iba de un lado a otro como distraído ¿Le habría pasado algo por el camino? ¡Que el Señor te proteja! Esa noche había tenido un inquietante sueño que no recordaba, aunque le parecía que en el sueño era carne cruda. No estaba completamente segura, pero tal vez era carne cruda. ¡Que el Señor te proteja!

Mubaraka se paró entonces delante de ella y dijo:

- Sandes al Halbiyya está en la puerta.

Suspiró profundamente y pensó: Sólo me faltaba esto. Sandes y el veneno que estén separados. Pero apartó a Mubaraka y asomó su cabeza desde la penumbra del cuarto interior:

- Entra, entra, Sandes.

Sandes penetró en el umbral avanzando con su pie derecho:

- En el nombre de Dios misericordioso... Lo mejor para la gente de bien.

Umm Idris le escuchaba con atención sosteniendo la barbilla con las manos y se estremeció cuando las palabras de Sandes se detuvieron. Pero después de terminar, al Halbiyya le dijo que Azuz era un fracaso y que era mejor para él dejar la escuela y ponerse a trabajar en el campo con su padre y sus hermanos.

Sobre su cabeza llevaba un caja vieja que sostenía con la mano izquierda y del mismo brazo le colgaba una bolsa grande de basura atada. Con la otra mano agarraba su largo bastón. Se adelantó hacia Umm Idris que mostraba la mitad de su cuerpo delgado desde la habitación, puso la caja, la bolsa y el bastón en tierra y se precipitó a coger la mano de Umm Idris inclinándose sobre ella queriéndola besar.

Umm Idris la empujó en el pecho y retiró la mano con fuerza:

- ¡Apártate, infiel! No me traigas tus pecados. ¿Es que te hacen sufrir, querida?

Sandes se inclinó besándole los hombros y se sentó en el suelo delante de la puerta abierta de la entrada:

- Sí, querida. Bien lo sabe el Señor.

Umm Idris se sentó en el peldaño más elevado de los dos anchos escalones de la habitación.

- Querida, -le dijo- sólo te vemos en la recogida de la cosecha. A casa de los demás sueles ir a preguntarles cómo les van las cosas y cómo están de salud; pero nosotros sólo te vemos en la recogida de la cosecha. ¿Cuántas veces has ido a casa del pobre Yusuf?

Sandes escuchaba cabizbaja. Se sentía cansada ya por la mañana, con el peso de la caja y la bolsa por el camino.

Se dio cuenta de que no había desayunado aún. Desayunaría en aquella casa dentro de poco. Le traerían té, bollos de pan y un huevo asado. Ahora venía el trabajo difícil, como era acostumbrado con Umm Idris. ¿Cómo empezar?

¡Que tu buena suerte dure mucho tiempo, Umm Idris, y se te concedan grandes alegrías! Hoy tengo para ti una mercancía que, si Dios quiere, te las va a dar -dijo abriendo la bolsa y riendo.

- ¿Has venido aquí después de terminar con los seres queridos, Sandes? -repuso moviendo la cabeza.

Pero Sandes empezó a sacar vestidos plegados de su gran bolsa. Sintió, mientras hacía aquello, dos ojos fijos sobre ella. Mubaraka estaba parada a su lado silenciosa y sin moverse. Contemplaba los ojos verdes de Sandes rodeados de denso kohol negro y su rostro blanco y ovalado. Cuando se quitó el manto, vió sus brillantes cabellos amarillos y en sus orejas un par de aretes dorados en forma de media luna que casi le llegaban a los hombros.

- Eres guapa Sandes y tus pendientes son bonitos -dijo Mubaraka cuando la miró.

- Tu sí que eres bonita -dijo Sandes otra vez riendo- ¡Válgame Dios! Cómo has crecido, Mubaraka.

Y se dirigió después hacia su madre:

- Sus ojos son grandes y hermosos, como los ojos de una vaca.

Y empezó a desplegar un vestido de seda azul y lo puso sobre los brazos de Umm Idris que indicó a Mubaraka con las manos ocultas que se alejara; aunque la pequeña se sentó con las piernas cruzadas al lado de al Halbiyya y se empezó a rascar la cabeza. Sandes observaba los movimientos imperturbables de la madre. Ahora sabía lo que tenía que hacer.

Sandes levantó el vestido doblado con su mano izquierda, mostró la tela azul con raya doradas y lo extendió en su brazo derecho mientras lo movía diciendo con un grave tono de voz:

- ¿Cuál es tu última palabra, señora experta? ¿Has visto algo semejante a esto en casa de alguien?

Umm Idris apartó su mirada y dijo fríamente:

- No te molestes Sandes. No te voy a comprar ni un medida de trigo. La tierra no ha dado nada este año.

Sandes miró a Mubaraka y siguió agitando el vestido:

- Y vas a privar del precioso vestido a esta novia tan guapa.

- ... es una haragana.

- Esta luna... Mírala hasta que le salgan las dos granadas. Le lloverán los maridos.

Entonces colocó el vestido azul a un lado y desplegó otro de algodón con rosas rojas pintadas.

-¿Y este vestido amarillo que está debajo? -dijo Umm Idris- No lo escondas, Sandes. ¿Por qué lo escondes?

- No está escondido. Lo sacaré para Umm Idris. Cógelo para probártelo.

Pero Umm Idris se levantó de pronto y se precipitó hacia su hija, que se frotaba los ojos, cogiéndola de las manos:

- ¡Haragana, condenada sea tu gente! Toda la mañana en el suelo con las manos llenas de tierra y las manos a los ojos. ¡Sin juicio, ni beneficio!

Le dio varios golpes con el puño en la espalda y empujó dentro de la casa a la niña llorando. Los polluelos, amontonados al sol, se dispersaron precipitadamente por el patio piando asustados.

- ¡No le pegues! -dijo Sandes a la madre que se volvió a sentar en el escalón- Sólo es una niña. Dentro de uno o dos años y le vendrá el novio. Los va a encantar con la belleza de sus ojos.

Estiró sus labios Umm Idris y le contestó jadeando:

- No te molestes, Sandes. Te dije que no te compraría ni una medida de trigo. ¿Me has escondido el vestido amarillo? ¿También les escondes las cosas bonitas a tus seres queridos? No te compraré ni una puñado de trigo.

Sandes, mientras sacaba el vestido le dijo que el vestido amarillo no estaba escondido sino que estaba puesto debajo de los demás.

-¡Válgame Dios, Umm Idris! ¿Desconfías de tus criadas y servidoras? ¡Por Dios que este vestido es tuyo! No obtendré nada con él. Para Mubaraka... ¡Santo Dios! Lo que es precioso para la que es preciosa, Umm Idris -añadió arrojando el vestido a su lado.

Umm Idris se levantó de nuevo:

- No me sirven tus aspavientos, Sandes. Llénate el vaso de té y después lo resolveremos.

Pero su pensamiento estaba ocupado mientras se iba... ¿Qué hacer para que esa condenada no prestara atención a Mubaraka?

Al mediodía, las pocas nubes se habían disipado y el sol de la mañana se transformó en un picadura caliente. Los polluelos buscaron refugio en la sombra y dejaron de piar. Sandes, sentada también a la sombra, apoyaba la espalda en la pared con las piernas estiradas, con una mano cogía un vaso de té y con la otra abrazaba a Mubaraka. Las dos se mantenían sentadas solas y en silencio.

Sandes había desayunado y había vendido el vestido amarillo, el vestido azul de rayas y el de rosas pintadas. De la caja había vendido una tetera y unos platos de porcelana. Umm Idris se bebió una taza de café y Sandes le leyó el poso. Veía que la tierra daría mucho, que Umm Idris haría la peregrinación a la casa de Dios; ¡ah!, y ahí estaba los atavíos de la vuelta, y que este año Azuz aprobaría en la escuela. Umm Idris le escuchaba con atención sosteniendo la barbilla con las manos y se estremeció cuando las palabras de Sandes se detuvieron. Pero después de terminar, al Halbiyya le dijo que Azuz era un fracaso y que era mejor para él dejar la escuela y ponerse a trabajar en el campo con su padre y sus hermanos.

Mubaraka levantó su cabeza desde el brazo de Sandes y le preguntó:

-¿Por qué llevas siempre ese largo bastón?

-Para ahuyentar a los perros, Mubaraka. Todas las mañanas voy de casa en casa y los perros no me conocen. Si no llevara el bastón, los perros me morderían.

-Pero si tu eres la más guapa de la aldea. ¿Por qué no te casas y te quedas sentada en tu casa?

Sandes se rió y besó a Mubaraka. Su madre regresaba llevando en un pequeña bolsa dos panes de trigo y huevos asados. Al verla, Sandes retiró su mano de ella.

-¿Has vuelto, desvergonzada?

La niña se levantó corriendo y se escondió dentro de la casa.

Al Halbiyya se incorporó, mientras Umm Idris le ayudaba a ponerse la caja sobre la cabeza, y se dirigió hasta la puerta rogando por Umm Idris, por la peregrinación y por los niños, se refirió a Mubaraka y recordó la próxima vez que vendría a la casa.

-¡Ay, peregrina! Cuando se deje sola a Mubaraka, te dará alegrías. ¡Cómo ha crecido la niña, válgame Dios! Pero es como una caña seca de maíz. Llévala al médico. Un dia se convertirá en una hermosa mujer ¿Quién iba a estar contento con una niña como una caña de maíz?

Al Halbiyya salió y la madre oyó los ladridos del perro y sus gritos que lo amezaban y ahuyentaban. Sin embargo, llamó a Mubaraka y se fue a la cocina tirando del cuello de la niña. Sacó de la falda de su vestido negro un trozo de almácigo, apartó dos ascuas e hizo caminar a Mubaraka sobre ellas siete veces.

Baha Taher, escritor egipcio, Obras reunidas, El Cairo, 1992

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2008 Manuel Jiménez Lucena