baha taher
De pronto, la lluvia
Caminaban por la calle Qasr al-Nil y Samira dijo riendo:
- Si tuviera una aventura te lo diría, créeme.
- Estás mintiendo -dijo Mahdat rechazando darle una piastra al mendigo cojo que saltaba tras él- Me enfadaré.
- Tengo razón, nunca me has querido.
Ella se detuvo delante del escaparate: "Semana de los retales".... "Buen gusto".... Trozos de tela dispuesto de forma abirragada... Sobre el cristal el rostro de él y de ella.
- Lo siento.
- Nunca me crees... Quiero comprar algo para mamá para el día de la Madre.
- ¿Una tela?
- No, un bolso.
- Te quiero -susurró- ¿Qué voy a hacer?
- ¿Qué dices? Levanta la voz. No oigo nada.
- Nada, nada. Vamos.
La señal de pasar... Un hombre fijó en ella su cara triste... Se cogió al brazo de Mahdat y después lo soltó...
- ¿No te dije que llovería?
- Sí -y arrojó el cigarro mojado en el río.
- No repitas que me crees, pues empieza a llover.
- Sí.
- Yo lo dije.
- Tu dijiste que llovería y yo dije que no, y está lloviendo ¿Qué quieres que haga con exactitud? ¿Me tiro al agua?
- Nunca escuchas lo que digo.
Alguien que había cerca dijo: "El lugar natural de la mujer es la casa". Y su acompañante repuso: "Y el del hombre, también".
Se rieron... La señal verde de nuevo... La gente se lanzó desde la acera de enfrente con el ceño fruncido...
- ¿Qué te parece? ¿Vamos a Alejandría?... Me gusta el mar -dijo Mahdat de repente.
- ¿Cuándo?
- Ahora.
- ¿Y tu trabajo?
- No importa.
- ¿Y mamá?
- No importa.
- Qué loco.
La policía de socorro. La gente iba por la acera torciendo la cabeza y mirando las sirenas.
- Me gusta el desierto. Me gustaría vivir en las pirámides. Odio la multitud. ¡Señor, cómo odio la multitud! Por las mañanas, cuando la gente se ahoga en el autobús, desearía morirme. ¿Qué te parece este bolso, le servirá a mamá?
- Demasiado joven, más de lo necesario.
- Mamá no es una anciana, cuando vamos juntas por la calle la gente cree que es mi hermana mayor.
- ¡Qué suerte!
- ¿Qué dices? ¿Por qué no levantas la voz?
- Lo compro... Digo que lo compro, lo compro, lo compro...
- No, es muy caro. Y no grites de ese manera.
En la plaza Tahrir le preguntó: ¿Qué es el amor?
- En las canciones y en las películas -respondió ella volviendo los ojos al cielo.
- ¿Crees que lloverá? -añadió.
El cielo estaba lleno de pequeños y redondos trozos de nubes negras, cuyos extremos tenues y transparentes nadaban en el cielo con rapidez y desaparecían después como el humo.
- No lloverá.
- Yo creo que sí.
- Tal vez, pero oye... Yo te quiero. ¿Qué voy a hacer?
- No digas esta palabra.
- ¿Por qué?
- No la digas o me enfadaré.
Caminaron en silencio. Junto al puente de Qasr al-Nil estaba el león ceñudo con sus crines y sus ojos llenos de excrementos de pájaro, blancos como la cal. Pasaron por el puente, callados los dos.
- ¿Por qué no somos como los hermanos? -dijo él después de un rato.
Se rió y encendió un cigarro.
-Tu eres mi hermano y yo tu hermana -le contestó riendo también- ¿Qué te hace reir?
Y empezó a lloviznar:
- ¿No te dije que llovería?
- Sí -y arrojó el cigarro mojado en el río.
- No repitas que me crees, pues empieza a llover.
- Sí.
- Yo lo dije.
- Tu dijiste que llovería y yo dije que no, y está lloviendo ¿Qué quieres que haga con exactitud? ¿Me tiro al agua?
- Nunca escuchas lo que digo.
- ¿Voy a ser tu hermano?
- Vamos rápido... La lluvia arreciará.
- Yo tampoco te quiero.
- Sí.
- Me gustaría... me gustaría quererte, pero...
- No importa, no repitas esa palabra ahora. Date prisa.
Cuando llegaron a la puerta del Casino ella jadeaba y el agua del chaparrón resbalaba por su cara, los mechones del pelo mojado se le pegaban en sus oscuras mejillas. El alargó su manos y le limpió la cara.
- Gracias, tengo un pañuelo -dijo ella apartándose rápidamente.
Se sentaron debajo del toldo del Casino. Caían pequeñas gotas de lluvia sobre el río produciendo veloces y continuas olas grises.
- Odio la llovizna. ¡Dios mío! Si lloviera con fuerza acabaríamos pronto, pero esta llovizna....
Miró el puente y vio a la gente apresurada, encorvando el cuerpo y desplegando los diarios sobre sus cabezas. Las gotas de lluvia parecía inclinadas líneas transparentes que llenaban el mundo:
-Sí, continuará para siempre.
- ¿El qué?
- La lluvia.
- ¿Qué quieres decir?
- Nada...
Una gata negra empapada se deslizó veloz bajo la mesa de al lado, se sacudió y se sentó tranquilamente. Con su cola grande rodeó su brillante cuerpo negro y se puso a mirarlo con unos interrogantes ojos verdes.
Baha Taher, escritor egipcio, Obras reunidas, El Cairo, 1992
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2008 Manuel Jiménez Lucena