LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

baha taher

Junto a los peces de colores

-Pero, ¿por qué quieres verme? –dijo al teléfono.

-Porque… te quiero.

Ella guardó silencio.

-¿¡Hola!?... ¿¡Hola!?

-Estoy aquí

-¿Cuándo te veré?

-No sé… Creo que mañana… Nos encontraremos en la oficina, ¿no?

-No… En la oficina no… Hay algo importante que debo decirte.

-¿No me lo puedes decir por teléfono?

-No… No puedo.

-Lo siento… Debo terminar la conversación ahora… Oigo a mamá en la sala.

-Entonces a las siete en la Tetería India.

-No estoy segura… Lo pensaré… Pero no estoy segura… Tengo que colgar… Bye, bye…

A las cinco y media estaba sentado en una silla de cuero rojo al lado de una pecera con dos peces rojos nadando y de un pequeño pez negro que se mantenía quieto y agitando la cola. Unas burbujas subían desde el tubito.

Ha llegado del frente con un permiso corto y la familia de su novia le hace la vida cada vez más difícil. A pesar de traerle a su novia cada vez que viene un buen regalo, obsequiarle con una cantidad de dinero y asegurar que no tiene más pretensión en la dote que lo razonable. El quiere una casa adecuada a su situación y prestigio.

Miraba fijamente la puerta de cristales tras la que había un grupo de chicas que hablaban intercalando palabras en francés (¡Santo Dios!) y una muchacha sola ante una mesita acabándose el té y que, apoyando la cabeza en el respaldo, cruzó los brazos y las piernas. Cuando sus miradas se encontraban ella desviaba su cabeza hacia la puerta.

A las seis llegaron dos hindúes que le pidieron permiso para sentarse en inglés. Movió la cabeza desconcertado. Se sentaron, pidieron té y empezaron a conversar en voz baja. Uno de ellos llevaba ropa de piloto y el otro vestía de color oscuro con una corbata llamativa y tenía el pelo blanco, aunque la cara era la de un joven de piel fina.

A las seis y cuarto vino un muchacho alto que saludó a la chica sentada enfrente, quien le extendió la mano sin incorporarse y le escuchó mirándole en silencio durante un rato.

Cinco minutos más tarde entró ella por la puerta. Se quedó de pié. El se levantó al tiempo que ella avanzaba lentamente, sonriendo y mirando a los hindúes que inclinaron la cabeza cortésmente. Ella les devolvió el gesto, ahora ya sin sonreír, y se sentó a su lado.

Llevaba un vestido de color café sin mangas y un jersei amarillo sobre los hombros. Al sentarse se le subió la falda hasta la mitad de los muslos, se quitó el jersei y se los cubrió. Se puso a dar golpecitos sobre él con unos dedos en cuyas uñas brillaban el esmalte sin color. Sus labios estaban pintados suavemente y en los párpados destacaba un imperceptible color verde. Era diferente a la muchacha de la oficina.

-¿Qué quieres beber?

Le hizo notar que elevara un poco el tono de voz para oírle bien entre las risas, las conversaciones, la música hindú y el sonido de las cucharas en las tazas.

-El sitio está lleno –dijo mirando a su alrededor.

Apareció un camarero nubio con gorrito hindú. Ella dijo que bebería cualquier cosa. El dijo que solo había té. Una vez el camarero se hubo marchado, ella añadió que debía volver pronto porque en casa la esperaban.

El piloto hindú se volvió hacia él con una sonrisa preguntándole si sabía inglés.

-Un poco –respondió.

Le preguntó algo respecto a Jan el Jalil.

-Jan el Jalil queda lejos.

El piloto se le quedó mirando.

Ella le dijo en árabe que no le había preguntado dónde estaba Jan el Jalil; sino que si ahora estaba abierto.

-¿Está abierto?

Ella dijo que no lo sabía.

-No lo sé –informó al piloto.

Éste le dio las gracias y se reclinó en el asiento hablando con su compañero.

Ella comentó que se debía repartir folletos a los turistas con información de utilidad.

-Voy contarte una anécdota. Estaba yo sentado una vez en Izavich, en la plaza Tahrir, y a un cliente le dio un mareo y se murió en la acera. La gente estaba a su alrededor envolviéndolo con papel de diario y el dueño de El Yugoslavo dijo impresionado que eso era el Egipto turístico.

Ella frunció el entrecejo pensando un poco y repuso que no le gustaban las historias de muerte.

-Lo siento…

Llegó el té, le puso azúcar en la taza y lo vertió en la taza. Ella observó que le temblaba la mano, le cogió la tetera y acabó de llenarla. El camarero había olvidado la cuchara. Empezó a buscarlo y llamó a otro que pasaba a su lado. El camarero le dijo que no era responsable del servicio de aquella mesa pero que daría aviso.

Ella le preguntó acerca de eso tan importante que quería decirle.

-Ahora te lo cuento –y siguió buscando al camarero.

-Tengo que regresar pronto a casa. El té se va a enfriar. Estoy asombrada con el servicio de este lugar a pesar de lo turístico que es. La cafetería Groppi es mejor, pues cuida el servicio aunque sea nacional.

-Yo no voy a Groppi.

Ella puso cara de sorprendida.

-La cucharita debe estar en camino.

Y continuó moviendo el cuello en todas direcciones. El camarero llegó por detrás y colocó la cucharita en el plato pidiendo disculpas.

Los hindúes pagaron, se pusieron de pie e inclinaron la cabeza:

-Good bye.

Empezó a remover el té:

-Son casi las siete, tendré que tomar un taxi.

-Te he estado esperando un buen rato.

-No he podido llegar antes. He estado con mi hermano en casa de su novia. Su familia es gente muy codiciosa. Ya hemos entregado mil libras de dote; aunque dicen que mi hermano también debe disponer de las lámparas y las alfombras. Esto a mi juicio es un enorme sacrificio. Es verdad que mi hermano es responsable médico y tiene un sueldo fijo; pero en este preciso momento, lo necesita. Ha llegado del frente con un permiso corto y la familia de su novia le hace la vida cada vez más difícil. A pesar de traerle a su novia cada vez que viene un buen regalo, obsequiarle con una cantidad de dinero y asegurar que no tiene más pretensión en la dote que lo razonable. El quiere una casa adecuada a su situación y prestigio. Si sacrificaran la mitad de lo que piden, sería suficiente,… no para una casa, sino para un palacio. Yo creo que debería contener su generosidad y hablarles claramente. Si no fuera por su educada y bonita novia le aconsejaría que sin dudar lo dejara correr y que recuperase la dote y los regalos. Yo creo que quien viene del frente también tiene necesidad de tranquilidad y no de discutir con la familia de su novia.

El se rió.

Le preguntó si es que estaba equivocada.

-Al contrario. Yo no creo en la dote, los regalos y demás.

Ella bebía el té en silencio y observaba a la gente .Cuando le hablaba, arrugaba las cejas mirándole.

-Siento que nos veamos fuera de la oficina, porque allí no puedo hablarte. Hay muchas cosas que te quiero decir.

Ella ladeó la cabeza.

-Pensé que estaríamos junto un buen rato. Pero te quieres ir enseguida.

-Lo siento, tengo que volver a casa.

Tragó saliva y le preguntó si se acordaba de lo que el le había dicho por teléfono.

-Prefiero que no me lo recuerdes –respondió sonriendo- Considero que fue un error o una imprudencia.

-¿Por qué?

-Porque no me gusta tanta espontaneidad. Solo somos compañeros de trabajo y no sabemos casi nada el uno del otro.

-Pues eso es lo que pensé al quedar contigo. Quería que nos conociéramos un poco más.

-Es imposible. Yo solo creo en la amistad entre dos personas, sin preocuparme la opinión de la gente; aunque las chicas en nuestro país necesitemos proteger la reputación –hizo un pausa y prosiguió- Siento molestarte siendo clara y realista.

Entonces miró la hora.

-Me gustaría que no te fueras. Te quiero y pienso en ti continuamente. No se qué hacer.

-Te considero un amigo de verdad –dijo inclinándose hacia delante y cogiendo su bolso –Siento serte tan sincera.

Se puso de pie y le estrechó la mano con el jersei amarillo sobre el brazo.

-Espera que pague la cuenta para salir los dos.

-Prefiero salir sola para que, quien nos vea, no vaya a malpensar.

El balbuceó algo ininteligible mientras se estrechaban la mano. Pero con la izquierda ella señaló la pecera y señalando que le volvían loca los peces de colores y que le agradecía haber elegido aquel sitio, dijo:

-Nos vemos en la oficina por la mañana.

-Claro. Iré a la oficina.

Y la siguió con los ojos hasta la puerta de cristales notando que la gente le miraba. Entonces se sentó.

Baha Taher, escritor egipcio , Obras reunidas, El Caire, 1992

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2008 Manuel Jiménez Lucena