baha taher
Consejo de un joven inteligente
El anciano corrió tras él mientras atravesaba la calle Talat Harb, junto al cine Radio, llamándole en voz alta:
-¡Profesor Adil!
Oyó el frenazo de un coche y después la maldición del conductor al detenerse bruscamente; pero no se preocupó por esto, lo alcanzó antes de llegar a la acera y le tocó el brazo con los dedos. Intercambiaron una mirada por un momento sin hablar; luego, Adil apartó la mano de su brazo preguntándole qué quería.
-¡Soy yo, profesor Adil! ¡Soy yo! ¿Es que no me recuerda? Me compraba el Ahram todas los días y el Kawakab cada semana. Yo estaba en la esquina de su calle. Jalil… El viejo Jalil.
-¿Y tú no te acuerdas? Nos encontrábamos muchas veces allí. Nos encontrábamos cada semana y te aconsejaba. ¿No te acuerdas tú?... Parece que fue inútil.
Echaron a caminar despacio. El viejo Jalil le siguió rezagado unos pasos, tocándole el antebrazo:
-Me acuerdo, me acuerdo, señor mío. Pero lo que no sabe es que, gracias a Dios, he cambiado. Le ruego que me escuche. ¡Dios poderoso! He cambiado, soy sincero. No he vuelto a saber nada más del opio. No he vuelto a verlo ni en pintura, ni a probar su sabor. Fue una gran desgracia consumirlo.
Adil se detuvo por segunda vez. Miró al demacrado anciano de ojos velados de lágrimas que se lamía los labios continuamente.
-Me dijiste que lo habías dejado y que no ya no ibas a probarlo, porque querías trabajar. ¿Por qué no estás trabajando?
El viejo Jalil bajó la cabeza y mostró el pelo corto y blanco sobre las hombreras de la ancha, sucia y sobada chaqueta gris. La levantó enseguida y dijo:
-¿Cómo está la salud de mi distinguido señor?
Adil dejó escapar una pequeña risa y añadió:
-Bien.
Y echó a andar de nuevo seguido del viejo Jalil:
Mírame. Yo soy ingeniero. Trabajo mañana y tarde. En el gobierno y en una empresa. Me he matado para reunir un poco de dinero. ¿Por qué?... ¿Me he comprado un coche -por ejemplo- para librarme al menos del transporte público?... No. Cada céntimo que he obtenido lo he ahorrado para asegurar el futuro de mi hijo. Es verdad que todavía es pequeño, pero es necesario trabajar para el futuro.
-Mi gran señor… -dijo tras una pausa- ¿Sabe la verdad, mi distinguido señor? Ahora estoy bajo tratamiento. La droga quemó mi pecho. Pero Dios acabó con el opio y sus efectos. ¿Recuerdas al viejo Jalil del pasado? ¡Dios mío, distinguido señor! Yo no conocía otra cosa que mi trabajo y mi casa. Me privaba de una taza de café porque la casa y el dinero eran lo primero. La gente me engañó al decirme que el opio curaba el reumatismo. Les creí y mi casa quedó arruinada… La casa y la familia. Cinco hijos y su madre, el dinero escaseó. Un duro trabajo para el viejo Jalil. Eso significa, distinguido hijo de Adán, que las preocupaciones se acumularon más y más… Pero gracias a Dios esto fue un tiempo atrás. Un tiempo que ya se acabó. Gracias a Dios, Señor nuestro que me salvó. Volveré a trabajar después de curarme. ¡Por favor, ayúdeme! Se lo devolveré cuando… cuando…
Se puso a toser violentamente con la mano en la boca. Adil ralentizó su paso y giró un poco la cabeza hacia el tembloroso anciano al que la muchedumbre casi lo hizo desaparecer de su vista. El pobre anciano se apresuró en alcanzarle antes de que se alejara del todo diciendo con la voz jadeante y entrecortada por la tos:
-No… No puedo trabajar hasta que no se me cure el pecho… Necesito una ayuda… Una modesta ayuda… Por favor… Se lo devolveré.
Casi sin mirarle, Adil le reprochó:
-Tu eres el responsable, tío Jalil. No te quisiste curar, ni cambiar. Solo comprar droga. ¿Cuántas veces te lo aconsejé? ¿Y aquella vez que te di dinero? ¿No es así? ¿Qué hiciste con él? ¿Te lo gastaste en opio? ¿No es así?
-¿Dinero? –protestó el anciano- ¡Por Dios, distinguido señor mío, con ese dinero no compré nada!… El opio es cosa del pasado. Ahora es imposible. Venga conmigo, señor, si quiere…
El joven se detuvo y dijo en tono cortante:
-Escucha. Sólo una palabra. Necesitas curarte. Entra a un hospital. Hay una manera, si quieres; tengo un amigo médico que podría…
El anciano extendió su mano y cogió el brazo de Adil:
-Vamos. Ahora. Voy detrás de ti. ¡Que Dios preserve tu casa! Vamos ahora a ver a tu amigo.
Adil miró confundido al tembloroso anciano que le cogía del brazo mientras pensaba qué decirle.
-Pero antes de ir al doctor, mi distinguido señor, yo debería ir a ver a mis hijos. Debería verlos y preparar sus cosas. Pobrecitos, señor, ¿qué van a comer si ingreso en un hospital? ¿Acaso tienen la culpa de que su madre se haya largado y haya vendido su alma? ¿Le parece bien, señor? ¿Le parece bien?... Yo… he rezado para no tener que decírselo. En realidad ingresé en un hospital e hice un tratamiento. Me curé, gracias a Dios. La cuestión ahora es mi pecho y la tos. Me gustaría ir al médico para que me examinase con los rayos X. Solo es necesario un médico.
Se detuvieron delante del cine Miami, en un punto muy concurrido de la calle. La gente les empujaba un poco para poder pasar. Adil se encontró ante las fotografías de la película que proyectaban y se descubrió mirando la foto de la hermosa protagonista, echada en una cama con los cabellos y la ropa dispersos y los muslos levantados, sin escuchar al viejo Jalil.
-Sólo es palabrería. No lo has intentado.
Y al reemprender su camino, el anciano sacudió la cabeza y añadió con una breve risa como si descubriese un secreto:
-Lo entiendo, distinguido señor; pero como le dije he encontrado un trabajo, gracias a Dios. Abriré el puesto de periódicos y volveré a ser como antes. Volveré a ser mejor de lo que era, si Dios quiere… Pero, la cuestión ahora, –continuó en voz baja- …es que Dios me ha castigado, no hay nada para comer en casa. Ayúdeme, por favor. Sólo necesito una comida para los niños.
-¿Tu te preocupas por tus hijos?... A ti no te preocupa sino la porquería de la droga.
-¡Distinguido señor mío!... Yo también amo a mis hijos.
-No es posible… De ningún modo. Quien abandona su trabajo y su casa a causa de… ¿Cuántas veces te lo había dicho? Mírame. Yo soy ingeniero. Trabajo mañana y tarde. En el gobierno y en una empresa. Me he matado para reunir un poco de dinero. ¿Por qué?... ¿Me he comprado un coche -por ejemplo- para librarme al menos del transporte público?... No. Cada céntimo que he obtenido lo he ahorrado para asegurar el futuro de mi hijo. Es verdad que todavía es pequeño; pero es necesario trabajar para el futuro, tío Jalil. Y quien sabe, tal vez las cosas cambien. Es necesario que la gente se preocupe por el futuro y después de eso, interesarse por uno mismo. ¿Por qué no has escarmentado, tío Jalil? Mira a la gente. Mírame a mí…
El anciano escuchaba asintiendo con la cabeza gacha. Pero sus ojos extraviados revelaban que no seguía la conversación.
-¡Exactamente! ¡Oh, señor! Como le decía, gracias a Dios me he curado. Tu eras un niño cuando venías a comprar el periódico para papá… El Ahram. ¿Te acuerdas? –se detuvo e imploró agarrando la mano del ingeniero- ¡Compadécete de mí, distinguido señor! ¡Déjame besar tus manos!
-Ya es suficiente.
El ingeniero apartó su mano y echó a andar con prisa seguido de cerca por el anciano:
-¡Cualquier ayuda, distinguido señor, cualquier cosa!
-Vuelve con tus hijos y piénsatelo.
-Lo pensaré, distinguido señor. Haré todo lo que digas. ¿Quieres que crie a mis hijos?… Lo haré… Lo haré. Pero necesito una ayuda…
El anciano extendió la mano, volvió a coger con fuerza el brazo del ingeniero y le detuvo. Acercó su cara, sus ojos lagrimeaban sin cesar y su rostro se contraía.
-Escúchame –susurró- No vayas a reírte ahora. No te avergüences de tu tío Jalil. Tú eres un hombre joven y yo deseo servirte. Escucha y no digas nada. Entre tú y yo… Conozco una mujer hermosa como las rosas. ¡Shissssst…! No hables. Disfruta de tu juventud y de los placeres del mundo. ¡Como las rosas, Dios santo! Dos pasos y es tuya. No digas nada. Tu tío Jalil quiere servirte.
-¡Te has vuelto loco!
-Escúchame. Yo sé quién eres. Conozco tu pasado y eres hijo de la felicidad. Te he visto muchas veces con muchachas y yo no he hablado. Tu tío Jalil no ha abierto nunca su boca. ¡Shisssst!
Puso sus dedos en los labios y se frotó los ojos con el dorso de la mano. Las mejillas se le hundieron un poco más, demacradas y húmedas, al soltar una risita y hablar con un veloz susurro.
-No abro mi boca porque aprecio a los jóvenes sanos y fuertes. Tampoco quiero nada de ti. Un taxi, un par de calles y es tuya. No le has dicho una palabra agradable a tu tío Jalil, pero no importa. ¿Qué importa? Para mí eres como un hijo… No lo haría por cualquiera. Aunque si no quieres ayudar a tu tío Jalil; entonces, espera. Llama a un taxi solamente. Por si no fuera verdad, coge mi documentación hasta que vuelva.
Empezó a rebuscar con mano temblorosa en el bolsillo interior de la chaqueta. Se puso a llorar de nuevo.
-¿Hasta este punto has llegado? La muerte es lo mejor para ti –repuso el ingeniero.
Casi echó a correr. El anciano se quedó inmóvil con el carnet que había conseguido sacar y lo blandía en el aire:
-Vuelve, distinguido señor. No me has entendido, no me has entendido.
Al verlo atravesar la calle, echó a correr detrás. Entonces hubo un frenazo y algo pesado le golpeó. El anciano cayó al suelo y se intentó incorporar una sola vez sin poder levantar las piernas.
-¡Oh…! –dijo y se derrumbó de nuevo con los brazos separados dejando escapar su documentación.
Aquello ocurría al atardecer antes que caer la oscuridad.
El conductor del vehículo salió asustado mirando al anciano caído y con los ojos abiertos. Un círculo compacto de peatones se formó alrededor del coche blanco.
-Le vi hablar hace poco con un hombre –comentó alguien.
-Sí, un joven que cruzaba la calle –añadió otro.
Pero no vieron a nadie.
También hubo uno que presenció el accidente y había visto a la persona que corría; pero se dijo que le tomarían por testigo, le molestarían sin necesidad y le harían llegar tarde a su cita de empresa. Continuó su camino, aunque se detuvo de nuevo. Titubeó en volver pero pensó que si estuviera herido le llevarían a un hospital y conseguiría una indemnización; y si estaba muerto, nada sería necesario y tal vez sus hijos se beneficiarían del dinero. Su corazón latió acelerado, pero no se volvió.
Alguien se inclinó y vio el carnet del anciano. Lo giró y leyó su nombre y el de sus hijos antes de dárselo al policía que había estado escuchando en silencio las explicaciones del conductor; señalando con el dedo índice el pecho, sin mirar al hombre muerto.
baha taher, escritor egipcio, Obras reunidas, El Cairo, 1992
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2010 Manuel Jiménez Lucena