LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

zakaria tamir

Las ramas

El profesor entró con el ceño fruncido y con la mirada severa. Los alumnos pequeños le miraban llenos de odio y murmurando de manera ininteligible:

-¡Callaos! -les gritó.

Los alumnos se callaron inmediatamente.

El maestro puso su gastada cartera a un lado de la mesa, la abrió, sacó de ella un paquete de hojas y las blandió diciendo a los alumnos:

-¿Sabeis que son estas hojas? Son vuestras respuestas escritas a mi pregunta sobre el oficio que elegireis cuando llegueis a ser un hombre.

El maestro se acercó a la papelera y blandió las hojas por segunda vez diciendo:

-Estas contestaciones no merecen ni un cero.

Le ataron con cuerdas que habían preparado primero y le ordenaron que cantara el himno nacional.

Y las arrojó al cesto con la actitud de desprenderse de una basura abominable:

-Cada día estudiareis el himno nacional para repetirlo en la fiesta que se celebrará al término del curso escolar. Os haré un examen de vuestra capacidad de memorización y... ¡ay! de quien se equivoque.

Los alumnos murmuraron descontentos y el maestro cloqueó enfurecido:

-¡Callaos!

Los alumnos callaron.

-Contaré hasta tres, -les dijo- y cuando llegue a tres, empezais a repetir el himno con un sola voz... ¡Preparados!... Uno, dos, tres...

Los alumnos en voz alta e intercambiándose miradas enigmáticas, introducían en la declamación trozos de conocidas y apasionadas canciones de amor conservando la melodía del himno nacional.

-¡Callaos! -gritó el maestro.

Entonces, los alumnos salieron disparados hacia él y le golpearon con sus reglas, sus libros y sus libretas exigiéndole que se callara, quien sorprendido por lo que ocurría gritó pidiendo auxilio sin que nadie viniera a socorrerlo. Vaciló y cayó al suelo después de ser golpeado dolorosamente en las piernas. Intentó levantarse, aguantando y amenazante; pero un dolor brutal le obligó a llorar y a suplicar que cesaran los golpes. Sus súplicas no fueron tomadas en cuenta y no se detuvieron hasta que no se cansaron de golpearle y no volvió; a salir de él ni un grito. Le ataron con cuerdas que habían preparado primero y le ordenaron que cantara el himno nacional.

El maestro se apresuró a obedecer las órdenes y repitió el himno con voz ronca y entrecortada. Los alumnos se taparon los oídos con disgusto.

Bilal se separó de sus compañeros y se puso delante de ellos, e imitando la postura de su maestro, alegremente le ordenó:

-Uno... dos... tres...

Zakaria Tamir, escritor sirio, La uva agraz, Beirut, 2000

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2010 Manuel Jiménez Lucena