zakaria tamir
La pelea
Una tarde, Umm Ali, ceñuda y con la cabeza bien alta, andaba por el mercado del barrio de Cueic a toda prisa y dando zancadas, cosa impropia de su edad. Abu Salim, el barbero, salió de su local y corrió tras ella apresuradamente: "¡Amiga! ¡Umm Ali!", la llamó entre jadeos.
Umm Ali paró en seco cuando la voz de Salim llegó a sus oídos y se volvió hacia él como si un escorpión la hubiese picado.
-¿No te da vergüenza dirigirte a una mujer que no conoces? -le espetó con enojo- ¿quién te ha dicho que tu y yo somos amigos? A una como yo no le honra tener como amigo a uno como tu, ¡un barbero!
-¡Dios nos asista! -exclamó Abu Salim-, deja que te diga algo, mujer...
-No te esfuerces, tranquilízate -le cortó ella, irónica-. El día que me crezcan los pelos de la barba vendré a afeitarme a tu barbería, te lo aseguro.
-Hoy por la mañana he estado en casa de Nayib al-Baqar y le he afeitado la barba -dijo Abu Salim.
Umm Ali arrugó la cara con asco y replicó:
-¡Que te aproveche tan alto honor!
Abu Salim aclaró:
-Es que el señor me ha pedido que te dijera que quiere verte por un asunto urgente.
-¿Quién? ¿al-Baqar al-Baqar? ¿El mismo que día y noche no para de trincar?
Abú Salim se esforzó para reprimir su cólera.
-¡Vamos, mujer!, ¡ni tu ni yo somos su madre! -dijo- El Señor ya le ajustará las cuentas en la otra vida.
-¿Y qué quiere de mí Su Excelencia? -preguntó Umm Ali.
-¡Ni idea! -respondió Abu Salim-. Yo me limito a transmitirte sólo lo que me dijo. Es lo que debe hacer el mensajero, sin más.
Zakaria Tamir, escritor sirio, La uva agraz, Beirut, 2000
Traducción de Margarida Castells Criballés
© 2010 Manuel Jiménez Lucena