tayyib saleh
Cinco relatos inéditos
CANCION DE AMOR
Yo siempre había querido cantar, pero mi voz desentonaba y, desgraciadamente para mí, nunca fui capaz de mejorar una sola nota. Hasta que desistí. Ella me dijo que si realmente quería cantar, cantaría y que era muy importante colocar la voz.
- Pero si mi voz desafina -contesté yo.
- Canta sobre el amor. A la gente le fascinan las canciones tristes de amor.
Así empecé. Al principio, la gente no me hacía mucho caso. Más tarde empezaron a prestarme atención. A algunos les gustaron mis canciones: Era hermosa, sus ojos eran verdes y su boca grande y las elevadas cejas arqueadas. Ella me quería y todo el mundo la quería. Aparte de Japón, pues los japoneses mataron a su hermano en la última guerra.
Sin embargo, ella me dejó por repetirme.
Hasta cierto punto, cosas tristes; porque yo, aunque a la gente le gustara escuchar mis canciones, cantaba especialmente para ella.
UN PASO ADELANTE
Era enfermera.
Y era un maestro.
Casado.
Era moreno oscuro, negro cuando amaba. El moreno de ella no era oscuro, era blanca cuando amaba.
Era chato, pero no feo. La nariz de ella era más hundida, era atractiva, de una medida estándar.
Su pelo cobrizo, suave y largo.
Sus ojos grises recordaban los atardeceres nublados.
Los ojos de él eran negros, como su pelo que no solamente era negro, también era rizado.
En la oficina del registro de Flam Road, donde la tomó y ella dejó que la tomara. Las disposiciones del notario fueron irreprochables. Alguno de los presentes se imaginó que había algo desconcertante.
La llevó con su familia.
Empezó a conocerla y ella se puso enferma. Le dió un hijo.
¿Cómo se llamó?
Sami. Era fácil pronunciarlo en inglés y en árabe.
Creció sano y juicioso de tal padre; de una madre enfermera, tal hijo. Casi no tenían dinero.
Sus ojos grises recordaban los nublados atardeceres de Londres.
Su pelo era cobrizo y a pesar de ello, desgreñado.
Su nariz estaba hundida y no era chata.
Era un buen asunto.
Será médico, repetía a menudo su madre.
TUYO HASTA LA MUERTE
Era administrativa en un empresa de televisiones, vivía con una familia en Finchley y pasaba los fines de semana con ellos en Sidcup. No parecía estar muy apegada a los suyos.
Un encuentro la noche de fin de año de 1951, en un baile que organizó el Instituto de Estudios Orientales con la Universidad de Londres:
-¿Qué estudias?
-Preparo el doctorado en Historia.
El tenía una manera de bailar era horrorosa, pero sus conocimientos de inglés eran buenos, parecía muy joven, pero tal vez fuera una apariencia engañosa; su voz era dulce y clara al oído. Era propensa a la obesidad y eso a él le gustaba. Sus facciones eran bastante agradables, lo cual ella no comprendía.
Se intercambiaron los números de teléfono.
Después de ocho meses se obró el milagro, aunque...
-No sé.
-Yo tampoco sé -respondió él- Vuelve a tu país, viajaré hasta Canadá.
De esta manera volvió a enseñar Historia en una escuela de secundaria.
Desde Canadá le escribió diciéndole que ella había conseguido un empleo en una emisora de radio y que su vida en Ottawa era insustancial.
Y él le escribía largas cartas apasionadas que siempre terminaban con las palabras "Tuyo hasta la muerte".
Te hacía pensar que exageraba.
-El sueldo está bien -contestaba ella- y Canadá es agradable, pero ¿por qué hemos de estar alejados el uno del otro?
-Porque en principio -respondía- no sería justo que te arrastrara a este lugar, de calor extremo y denso polvo; porque soy pobre y no quiero ser una carga para ti.
Las cartas llevaban el amor con regularidad desde África a Canadá y desde Canadá hasta África.
El amor era fuerte -como ella decía en las cartas y yo podía asegurarlo.
Murió de meningitis el verano de 1959 y nadie se lo comunicó.
Ella continuó escribiéndole cartas durante meses preguntándole:
-¿Por qué no me respondes? ¿Es que ya no me quieres?
Después interrumpió la correspondencia.
LA EXPERIENCIA
Los dos vivían en la zona de Swis Cottage. El era abogado de Durban y ella enfermera de Nottingham. Eran mis amigos.
Cada sábado celebraban fiestas nocturnas e invitaban a gente de todo tipo. La mayor parte eran de los que hoy se denominan "afroasiáticos". Un alumno de Medicina de Nigeria, un lector universitario de la India, una muchacha somalí que estudiaba el Servicio Social, incluso alumnos egipcios del tiempo de la batalla de Suez. De todo tipo. Esa variedad de personas que leían el diario "The Guardian", "The Observer" y "Encounter" y pasaban la noche hablando del momento. Eran amigos que votaban al Partido Laborista.
Este estudiante rico era negro como el ébano, pero -si no te preocupa el color- era guapo. Detrás del obstáculo del color había timidez, pero -si permites la intromisión- su generosidad no conocía límites. Detrás del obstáculo del color había paz. Pero si lo dejabas, no había ninguna garantía. Tenía facilidad de palabra, dominaba el baile, reía con jovialidad y acostumbraba a sacar la lengua entre sus dientes blancos mientras hablaba. Las chicas encontraban aquello seductor.
No debió hacerlo aquello, pero ella se prendó de él. No sólo eso, también huyeron juntos.
Hace unos días encontré a mi amigo cerca de los almacenes Edgar, en la Plaza Picadilly. Le saludé pero no respondió al saludo y permaneció, distante, mirando al frente.
SUZANNE Y ALI
Se llamaba Ali y ella Suzanne. De Jartum y de Londres. Ella estudiaba Arte en la escuela Slid y él Ciencias Políticas en el Instituto de Economía de la Universidad de Londres.
- Casémonos -le dijo ella.
- No, es difícil.
- Pero te quiero.
- Yo también te quiero, pero...
El volvió a su país.
Sólo se escribían.
- Pero yo te quiero, Ali.
- Y yo te quiero, Suzanne, pero...
Siete meses.
- He conocido a un hombre -le escribió- Nos casaremos.
- Pero yo te quiero, Suzanne -le contestó.
Interrumpieron la correspondencia.
La mayoría de las veces él piensa en ella; y ella en él, de vez en cuando.
Pero...
Tayyib Saleh, escritor sudanés, Ahbar al Adab, El Cairo, mayo de 2004
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2008 Manuel Jiménez Lucena