LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

tayyib saleh

Mansi, una persona singular a su manera (3)

En Mansi había dos peculiaridades dignas de alabanza, su amor por las personas sencillas y su fiel amistad. A lo largo de la vida mantuvo esa lealtad hacia los antiguos amigos y hacia los nuevos. La capacidad para conocer gente y conservarles afecto y fidelidad, era sorprendente.

Sus amistades eran variadas, de diferentes ideologías, inclinaciones y categoría social. A todos los que estaban a su lado, ricos y pobres, les trataba con sencillez y sin hipocresía; y, con total naturalidad, dedicaba a los más desasistidos y a los niños una especial atención. Con los niños era como ellos, un niño.

La primera vez que visitó Doha hace quince años, gracias a su carácter, conoció en poco tiempo a un gran número de personas, sobre todo conductores de taxi, las cuales todavía le recuerdan y preguntan por él. Dejaba huellas inolvidables entre la gente, huellas hermosas en su mayoría y en muy pocas ocasiones de angustia o antipatía. Lo más importante era que quienes le conocían, ya no le olvidaban nunca.



Como encontraba amigos dondequiera que iba, cuando me acompañó en mis viajes a India y Australia -que más adelante comentaré-, le visitó en el hotel un joven con quien ya nos habíamos encontrado en Sydney. Se dirigió a él con un respeto tan profundo que llamó mi atención. Le pregunté a Mansi quién era:

Es el hijo del carnicero. ¿Te acuerdas de la carnicería de Sloane Street?



Era conocido en West Kensington, Earls Court, South Kensignton, Chelsea, Sloane, Belgrave y Mayfair, por los vendedores de verduras, los carniceros, los dueños de los restaurantes y los camareros, los médicos y las enfermeras de los hospitales, los trabajadores y trabajadoras de los comercios, los tenderos, actores, actrices, miembros del parlamento, los profesores de universidad, los religiosos y una cantidad innumerable de personas.

La primera vez que Mansi me había acompañado hasta su tienda, me vendió un montón de carne cobrándome un precio irrisorio:

-Te has debido equivocar en la cuenta. Esta carne vale mucho más –le dije.

El hombre miró a su alrededor, pues la tienda estaba atiborrada de clientes y me contestó:

-¡Ay, sí! Perdona.

Desenvolvió la carne, me pesó la cantidad que le había pedido y me cobró más.

-¿Es que no pondrás fin a esta estupidez tuya? -me dijo Mansi enfadado al salir-. El hombre te ha tratado de manera especial porque sabía que eras mi amigo

-¡Vale, hermano! Eres tú el que no me entiende. Pensé que se había equivocado… Me parece que tú haces de timador hasta con los matarifes.

No actuaba de timador. Como supe más tarde, aquel hombre era amigo suyo. Mansi había vivido en su casa la primera vez que llegó a Londres y fue tratado como uno más de la familia. Mansi permaneció leal a aquella relación durante toda su vida y cuando las cosas le fueron bien, uno de los regalos que le hizo a su amigo el carnicero, fue un Land Rover.



Al preguntarle ahora por qué el joven le trataba con ese exagerado respeto, continuó:

-Porque le salvé de un negro futuro. Yo soy la causa de que estudiara en la universidad y se haya convertido en ingeniero.

Le requerí que fuera más claro y me contó que su amigo el carnicero había pertenecido a una intolerante organización religiosa aislada de la gente; y que no mantenía relación con nadie, sino dentro de límites muy cerrados, dando la espalda a quienes ponían a sus hijos a estudiar. Mansi habló con aquel hombre hasta llegar a cambiar sus ideas y sacarle totalmente de la organización, persuadiéndole de que llevara a su hijo mayor a la escuela.

-Si no es por mí –decía Mansi-, este joven ahora sería carnicero en el mercado de Smithfield o estibador en el puerto de Londres.

-A ese hombre lo convertiste del todo al Islam y te ganaste una recompensa de Dios -respondí.

-¡Eres un ateo! –dijo sonriendo-. Si tu fueras musulmán, lo habrías hecho. No olvides que en América los he convertido a decenas.

-¡Alabado sea Dios! A lo mejor los agarrabas por la lengua. Un infiel como tú, transformado en apóstol del Islam.



Se reía seriamente satisfecho, fascinado por las paradojas de la vida que reanimaban su espíritu como el agua a la hierba.

-Supongo que alguien como yo puede ser tolerado entre uno de los descendientes del profeta Muhammad; ya que vosotros, los musulmanes hijos de musulmanes, sois tolerados en Inglaterra, en Suiza y no se sabe dónde más.



Otra vez le visitó una señora egipcia con su marido australiano. Me explicó que la conocía a ella y a su familia de la época de estudiantes en la Universidad de Alejandría y que no se veían desde hacía treinta años. Recordando los días pasados allí, la mujer se reía contenta y le preguntaba por sus familiares… Qué le había pasado a uno y donde se encontraba otro.

-Este es Michael –le explicaba mientras el esposo sonreía- de quien ya te había hablado. Estaba enamorado de mí y quería que nos casáramos. ¿No es así, Michael?

-¿Te has convertido en otro, Michael? -le comenté en árabe- ¿No era una liberación convertirse al Islam? ¿Tu nombre no es Ahmed?

Mansi se reía. En aquellos días Sydney era bonito y él estaba en mejor situación. Al cabo de treinta años, qué importaba si su nombre era Michael o Ahmed..



Todo esto no le impedía invitar a mi cuenta a todos aquellos viejos amigos que descubría en Sydney. Los invitaba por la mañana o por la tarde, cargándolo a mi habitación; lo cual, le hacía feliz de una manera extraordinaria. Lo contaba después entre risas, queriendo demostrar así que él era un listo y yo un poco tonto.

De este modo Mansi pasó a ser una persona conocida en todo el sudoeste de Londres y más allá. Era conocido en West Kensington, Earls Court, South Kensignton, Chelsea, Sloane, Belgrave y Mayfair, por los vendedores de verduras, los carniceros, los dueños de los restaurantes y los camareros, los médicos y las enfermeras de los hospitales, los trabajadores y trabajadoras de los comercios, los tenderos, actores, actrices, miembros del parlamento, los profesores de universidad, los religiosos y una cantidad innumerable de personas. No se conocían de forma superficial; ya que se convertían en amigos todos aquellos que le visitaban en su casa y los que él visitaba en las suyas.

Con actitud insólita, con una energía napoleónica, como se suele decir, iba con su coche, semejante a una burbuja de jabón, llamado Bubble Car, un modelo que apareció por aquel tiempo y que luego desapareció sin más

Tenía una bicicleta al principio de llegar a Londres. Al casarse y trasladarse a Sidney Street, su posición mejoró significativamente y se compró aquel vehículo asombroso. Yo había estado con él a veces, en medio de un embotellamiento en Picadilly, entre los rojos y pesados autobuses londinenses de dos pisos.

Era irritante verse detenidos y abandonados dentro de aquel coche diminuto y redondo, con el techo de vidrio, siendo el hazmerreír del que pasaba atravesando la plaza por detrás o por delante. Mientras la gente gritaba, los coches tocaban el claxon y nosotros permanecíamos obstruidos dentro de aquella burbuja, Mansi reía y reía sin parar.

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Tayyib Saleh, escritor sudanés, Riad el Rayyes Books S.A.R.L., 2003

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2010 Manuel Jiménez Lucena