LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

muhammad zafzaf

Las armas

Sus casas no se parecían a nuestras casas. Nosotros las construíamos sobre el suelo y ellos cavaban zanjas y las habitaban, eran cavidades que tenían puertas y ventanas por las que entraba el aire y la luz. Nadie sabe de que manera podían construir aquellas casas. Cúbicas en el interior, a veces de forma cilíndrica o cónica. Lo más importante era que tenían puertas y ventanas. No se permitía a nadie entrar. Vivían aislados, hablando solamente entre ellos y sin saludar a la gente como nosotros. Sus uñas, su piel y su ropas, todo era inmundo y sucio. No hablaban mucho, debido tal vez a los efectos del hachís. Por lo común, siempre conversaban consigo mismo, como si desvariasen. Sus palabras parecían extrañas. Nuestro mayores lo interpretaban de manera particular. Sin embargo sus niños sólo se parecían a ellos en la suciedad. Se marchaban y volvían después de muchos días con bolsas en las que había cantidades de bebida, té, kifi, carne y huesos; especialmente carne de camello, de la que sentían repugnancia hasta los perros, pero que despertaba nuestro apetito. Una noche nuestras madres corrieron a pedir a sus mujeres que les dieran un poco de comida. Sus mujeres fueron generosas, aunque estuvieran sucias y llenas de piojos, no se cubrieran el pelo, fumaran mucho hachís y algunas bebieran alcohol puro.

Sentí una fuerte quemadura en el vientre. Al principio no le presté atención. Me palpaba el vientre y corría. La sangre ensuciaba mis manos y a pesar de esto no paraba de correr.

-Su antepasado es sidi Abd al Qader al Yilani.

-No, su antepasado es el mahdi Ibn Tumart, que era un loco como ellos y llevaba una chilaba remendada. Instruía a la gente con golpeándoles con un bastón hasta que los hacía volver al recto camino.

-Ni lo uno, ni lo otro; solamente son unos Bu Hala.

Nadie sabía nada acerca de ellos. No tenían documentos oficiales, ni fecha de nacimiento, ni de defunción, ni un contrato de matrimonio. Pero, a pesar de esto, vivían en zanjas bajo tierra.

Aquella tarde estábamos reunidos junto a la cerca de púas que separaba nuestras casas de las suyas. Desde lejos observábamos lo que iba a ocurrir. Los de la policía auxiliar hablaban con los de más edad, de ropa más limpia y de pelo más corto. No podíamos oír nada. Teníamos prohibido acercarnos a ellos. A los auxiliares con sus garrotes y sus escopetas. Veíamos gesticular con las manos, las bocas abrirse y cerrarse. Algunos policías intentaban irrumpir en las cuevas para inspeccionarlas o para sacar a quien había. Un oficial francés de policía observaba todo aquello desde lejos, dando órdenes y vueltas sobre sí mismo mientras golpeaba el suelo con los pies y gritaba tocándose a veces, con enfado, la pistola que colgaba de su costado.

-Tienen armas - dijo uno de los niños.

-Calla, niñato, ¿Es que has visto alguna vez en tu vida un Buhalí colaborando con los nacionalistas? -contestó un hombre.

-Sólo toman hachís y drogas -dijo otro.

-Dicen que sus cuevas están llenas de bombas, fusiles y ametralladoras.

-Cierra tu sucia boca y vete a jugar con tu burra.

Los policías se distribuyeron en las puertas de las cuevas. El oficial se puso en medio de dos marroquíes y detrás de un senegalés gritando en un francés incomprensible y en un árabe que nadie más entendía sino él. Algunos auxiliares desaparecían dentro de las cuevas. Hombres, mujeres y niños fueron empujados hacia una amplia explanada. Los que estaban cerca de los jips les apuntaban con sus escopetas y otros tenían la misión de empujarles, golpearles y darles patadas de manera que dejaran satisfecho al oficial.

-Quiere encontrar armas de la manera que sea -dijo el hombre.

-No encontrará nada, solo son ermitaños y fumadores de hachís.

-Si no está seguro de algo, ¿por qué entra sin derecho en sus cuevas?

-¿Cuantas veces habrá entrado en alguna casa pero no ha encontrado nada? A ese maldito lo matarán un día los nacionalistas.

-No digas eso. Algún soplón te va a oír y te van a llevar a la cárcel.

El hombre se asustó y se alejó de nosotros. Seguimos vigilando detrás de la cerca. Los niños más pequeños se apretujaban en nuestras piernas, pero la mayor parte no veían nada.

Una muchedumbre llegó a la explanada. Se comenzó a separar a las mujeres y los niños de los hombres. Una fuerte disputa por un niño estalló entre dos auxiliares. Uno lo llevaba hacia el lado de los hombres y el otro hacia el de los niños y las mujeres. Vimos que el niño se encogía intentando parecer más pequeño.

-Todavía es pequeño -escuché desde mi sitio.

-Es verdad. No puede llevar ni un cuchillo, ni un rifle siquiera.

-Calla, alguien te oirá -dijo un tercero.

Enmudecimos detrás de la cerca. De la explanada se elevó un llanto, un lamento y un grito. Después se presentaron dos policías llevando algo parecido a las granadas y tres rifles. Yo no había visto una granada en mi vida.

-Esto es asombroso - oí decir.

-¿Por qué?

-Un Bu Hala apoyando a los nacionalistas.

-Calla y no hables. Cierra la boca. Es mejor para ti.

Dirigiendo hacia el corro de hombres sucios y descalzos los cañones de los rifles y empezaron a golpearles con los bastones en la cabeza y en las espaldas. El oficial francés al ver las armas se había puesto a gritar. Se pegaba en los muslos como una mujer en un funeral, blandía las manos en el aire, levantaba el bastón y lo precipitaba sobre los cuerpos. Los policías se pusieron a empujar a los hombres con la culata del rifle hacia los jips. Las mujeres y los niños gritaban al otro lado. Pero el asunto no acabó tan fácilmente. Dispararon desde algún lugar. El oficial se quedó perplejo y dejó de moverse. Los disparos se oyeron otra vez y le hirieron en un brazo. Se protegió en el jip mientras se desangraba. Los policías empezaron a disparar hacia todas partes. Hacia la cerca, hacia donde se encontraban las mujeres, los niños y los hombres, y al aire. Corríamos, nos empujábamos, caíamos y nos volvíamos a levantar. Sentí una fuerte quemadura en el vientre. Al principio no le presté atención. Me palpaba el vientre y corría. La sangre ensuciaba mis manos y a pesar de esto no paraba de correr. Tropezábamos con las piedras y entre nosotros. Caímos, nos levantamos. Cuando alcancé la casa, le di una patada a la puerta y me arrojé en el patio. Mi madre corrió hacia mí y vio alarmada mi sangre:

-¿¡Qué le habeis hecho, hijos de puta!?

Me desgarró la camisa e inspeccionó la herida. La sangre no dejaba de brotar. Gritaba y aullaba como una loba defendiendo a su pequeña.

-¿¡Qué le habeis hecho, hijos de puta!? Mañana se llevarán a tu padre a la cárcel y dirán que es un nacionalista. ¿¡Qué tenemos que ver nosotros con los nacionalistas!?

Muhammad Zafzaf, escritor marroquí, El vagón, Rabat 1993

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2010 Manuel Jiménez Lucena