muhammad zafzaf
El vagón de las mujeres
No me di cuenta de que era el único hombre del vagón sino más tarde. Me había sentado en el primer asiento que encontré vacío al lado de una mujer mayor y de otra de cerca de treinta años con un niño pequeño. Supe después, que no había vínculos familiares entre las dos mujeres. Yo había imaginado en principio que tal vez la mujer mayor era su madre o su suegra u cualquier otra cosa de este tipo y escuchar su conversación me confirmó lo contrario. Fue el niño la causa de que mi suposición anterior quedase anulada, cuando la mujer mayor le preguntó si el niño era hijo suyo o era un familiar y la mujer joven le respondió que era suyo.
Durante este tiempo permanecí en silencio escuchando sus palabras entrecortadas, mirando los campos verdes, las flores y los árboles a través de la ventanilla del tren y fingiendo que su conversación no me importaba en absoluto; pues todos sabemos la desolación que la gente experimenta al viajar sola, sea corto o largo el trayecto.
Encendí un cigarro después de cuatro horas de que el tren se hubiera puesto en marcha para disipar aquella previsible desolación, a pesar de que no acostumbraba a fumar por la mañana.
El tren se dirigía a la ciudad de Oujda, yo bajaría en Fez y por la brevedad de la conversación de las dos mujeres no supe, sino más tarde, en qué estación bajarían. Pero la precaución manifiesta entre ellas empezó a desaparecer poco a poco: cosas de la gente que ama a otras personas y que no pueden decirlo hasta que al final pueden amarlas o se las olvida para siempre.
Se tendió delante de mí y me empujó con una fuerza que estuvo a punto de hacerme caer. Se levantó y se alejó un poco cerca del asiento. No comprendía qué le pasaba. Entonces montó en cólera y gritó hasta que su grito cubrió el ruido de las mujeres:
-¡Mi monedero ha desaparecido!
En lo que a mí respecta la desolación aumentaba a pesar de fumar y de ocuparme en mirar a través de la ventanilla Así que me decidí a romper esa barrera y entrar con en la conversación. Me animó el ruido de las mujeres del vagón de cabeza en los asientos delantero y trasero, que hablaban en voz alta y contaban sus preocupaciones diarias y sus problemas familiares. Sus conversaciones eran ininteligibles y entre ellas no se conocían de antes; aunque ese viaje, fuera largo o corto, las había reunido. Estaba convencido de que la mujer en general es menos reservada que los hombres al decidir romper la barrera, cuando advertí con unas pocas palabras a la mujer joven que el niño se iba a hacer daño con lo que estaba haciendo. Ella me respondió inmediatamente como si estuviera esperando esa momento:
-Gracias señor, ya sabes como son los niños.
¿Quién sabe si yo conozco a los niños? ¿Es posible que el ser humano conozca la naturaleza de los seres más cercanos a él? ¿Es posible que el ser humano conozca su propia naturaleza?
La mujer mayor intervino sin perder la ocasión:
-La educación de los niños de esta época es difícil. Y cuando crecen, sus problemas se multiplican.
Moví la cabeza en señal de aprobación y saqué otro cigarro. Entre tanto, reinó de nuevo el silencio, pero era un silencio que se fundía en medio del ruido de las mujeres sentadas en los asientos del vagón. Algunos turistas pasaban de vez en cuando hacia los otros compartimentos o los lavabos; algunos con los ojos fríos o consternados del viajero solitario al que le espera un destino enigmático salvo los jóvenes que atravesaban nuestro vagón que bromeaban entre ellos espontáneamente levantado la voz y las manos. Seguro que ellos no podrían hacer lo mismo después de pasados unos pocos años, cuando apareciera la carga de los niños, las reclamaciones del pago del alquiler y la docilidad de sus cabezas en el trabajo.
El niño se deslizó de los brazos de la mujer joven que miraba, vuelta hacia atrás, los árboles. Se volvió y vio al niño entre mis rodillas. Me sonrió con dulzura sin decir un sola palabra, pero el niño me miró a los ojos y dijo:
-Tío, dame un cigarro para fumar como tú.
La sonrisa de la mujer se apagó y saltó sobre él, después le agarró del cuello de la camisa con fuerza y le dio una violenta bofetada. El niño lloró un poco para que la mujer lo retuviera a su lado. Puso fin a los gemidos y me empezó a mirar.
La mujer mayor dijo:
-¡Que Dios nos proteja! Es una generación extraña.
-¡Mire! Aquí está viendo esa rareza -respondió la mujer joven.
-Es sólo un niño -dije yo- Cuando crezca sabrá todo. Todos nosotros hemos sido niños y no podemos recordar las tonterías que hacíamos cuando teníamos su edad.
-Tienes razón, muchacho, pero los niños de estos días....
La fisonomía de la mujer joven se distendió:
-Lo que necesitan es educación. La educación es la base de todas las cosas en la vida.
-Tienes razón, hija mía -le respondió la mujer mayor.
Cosa curiosa. La mujer nos dio toda la razón. Tal vez lo hizo por su edad, una vez que ya habia dado su parecer.
Escuché a una mujer negra en el asiente de enfrente a la derecha diciéndole a otra:
-¡Te felicito! ¡Has tenido doce hijos!
-Sí, siete están muertos y los otros todavía siguen con vida.
-¡Dios mío, entonces has pasado de los diez, hermana! Siete están con los ángeles y siete con los hombres. Tu premio será estar junto a Dios poderoso. Nuestros primeros hombres santos decían:
La mujer que pasa de los diez hijos entra en el paraíso, pues sus ojos están abiertos.
-Gracias a Dios.
Contemplé a la mujer negra. Llevaba puesta una chilaba sucia y unas sandalias de plástico.Recordé a uno de mis maestros de cálculo que me dijo que no se imaginaba que cerca de cien individuos vivieran en una sola casa de una barriada popular. Y que solo hubiera en la casa un retrete. Entonces retumbó en mis oidos: "Dios mío, entonces has pasado de los diez, hermana..." Tragué el humo de otro cigarro. Contemplé delante de mí dos negras con pañuelos de plástico. La conversación acerca de los hijos continuaba. Entonces una de ellas gritó de otro asiento delante de mí. Estaba fumando y sólo veía de su cuerpo sus brazos y sus pies:
-Pídele el divorcio. Los hombres son siempre así, quieren robar a las mujeres. ¿O es que le quieres?
-Yo no le quiero. Sólo era un vecino nuestro. Acepté casarme con él.
Faltaba un cuarto de hora para llegar a Meknés. Estaba un poco cansado y salí al lavabo en la cabeza del vagón. Cuando volví me quedé de pie mirando por la ventana apoyándome con el codo en el hierro del asiento. Los campos, las casas pequeñas y el ganado retrocedían. Las aguas de un río sinuoso brillaban bajo el sol del mediodía. Y entonces desvié la mirada y vi a la mujer joven que señalaba hacia mí hablando con un joven soldado que quería sentarse en mi sitio. El soldado se marchó y volví a mi asiento. Las dos mujeres comían algo mientras el niño se distraía entre sus piernas. La mujer mayor me ofreció un Cuerno de Gacela que acepté agradecido aunque no tenía ganas de comer. Me lo comí.
La mujer le dijo al niño:
-Ven, vamos al lavabo no te lo vayas a hacer en los pantalones delante de la gente.
La mujer y el niño se marcharon y me quedé con la anciana en medio del ruido de las mujeres.
Tardaron un rato largo y no regresaron al vagón hasta que pasamos Meknés:
-¿Quieres otro Cuerno de Gacela, hijo mío?
-Gracias, no tengo apetito.
Metió su mano en la cesta situada junto a su pierna izquierda para coger otra pasta de almendra de las que llevaba envueltas en un trapo bordado y empezó a hurgar agitadamente en el fondo de la cesta al tiempo que se transformaban las facciones de su rostro.
-Gracias, señora -le dije- No quiero comer.
No me respondió. Se detuvo y empezó a buscar debajo del asiento. Se tendió delante de mí y me empujó con una fuerza que estuvo a punto de hacerme caer. Se levantó y se alejó un poco cerca del asiento. No comprendía qué le pasaba. Entonces montó en cólera y gritó hasta que su grito cubrió el ruido de las mujeres:
-¡Mi monedero ha desaparecido!
Empezó a golpearse sus mejillas y sus nalgas mientras gemía y yo me pegaba al asiento. Algunas mujeres se pusieron de pie y otras no le prestaban atención. Siete u ocho de ellas se reunieron en torno a la anciana en el estrecho pasillo. El altavoz anunció nuestra llegada a Fez y me escapé en dirección a la puerta preguntándome si era posible que aquella joven que tenía el niño hubiera hecho aquello o si se trataba sólo de una mentira de la anciana.
Muhammad Zafzaf, escritor marroquí, El vagón, Rabat, 1993
Traducción de Manuel Jiménez Lucena
© 2010 Manuel Jiménez Lucena