muhammad zafzaf
Un delito moral
En la acera rectangular había plátanos orientales plantados cada pocos metros. Todos los árboles se erguían en el centro de círculos de piedra dura. Sus hojas estaban amarillas, heladas y replegadas sobre sí mismas. Algunas caían y otras se quedaban colgadas en el cielo, como si fuera un árbol artificial en un escaparate de Nueva York.
En el tronco del árbol, se apoyaba un americano negro que no prestaba atención a la gente. Masticaba algo y tenía las manos en los bosillos del pantalón. Su mirada se paseaba tranquila sin preocuparse por lo que tenía enfrente. Había dejado la base aérea por la noche y ahora pensaba en conseguir una mujer que lo calentara, fuera amable y lo sintiera presente como ese árbol, como esa rama, como esa acera.
«Smith me dijo que podía conseguir una mujer con facilidad si no lo deseaba. Smith me dijo justo ayer que él podía disfrutar de la mujer más bella del mundo. Smith me dijo... Smith me dijo...» Sin cambiar de postura y con un movimiento frío se puso un cigarro en la boca; también con un movimiento frío, lo encendió y empezó a fumar. «Si Magy se hubiera casado conmigo, habría venido aquí, y yo no iría a cometer el delito de prostitución.
«¡Dios! No lo cometas. Aquí estoy haciéndolo a pesar de mí mismo.» Magy estaría enfadada por ello. El humo salía de sus grandes labios y le acariciaba la nariz y la frente para desvanecerse finalmente en el cielo. No percibía la gente que pasaba frente a él. Pero se había fijado en el oficial americano que llevaba a su mujer por el brazo y empujaba su niño adelante con total dulzura. Lo conocía. No, no lo conocía.
Jadiya pensaba que la caza de la noche era valiosa. «Este negro americano tiene que ser una animal doméstico. ¿Y a esta tonta no le importa llenar el cielo de nubes?»
Su calzado se hundía en la tierra en la parte más baja del tronco; seguía empujando los zapatos en el barro con nerviosismo y excitación; se quitaba el cigarrillo de los labios y pisaba la colilla.
No estaba satisfecho ni complacido de sí mismo. Su cuerpo parecía pesado y dislocado, y le asaltaba un sentimiento oscuro que lo abrumaba. Su situación no era normal. «Mis amigos de Chicago ahora están contentos. Sin duda William y Henry están en la puerta de un café. ¿Se acordarán de mí? Perdón, perdón. Quizá ahora van en avión hacia Vietnam».
Una música amistosa emanaba de un café cercano. Sin duda, el gusto de la gente pedía esa canción. El marroquí no le provocaban ningún interés. Las palabras de este último emanaban de su garganta llenas de la rabia, el dolor y el hambre. Las palabras se crispaban y se disolvían en el ruido que llenaba la cabeza del negro americano.
El muchacho marroquí que vestía una chilaba de lana siguió insistiendo hasta que el americano lo empujó con debilidad y luego con fuerza. Pero él, a pesar de eso, no contestó a los insultos del muchacho.
«Hay mucha chusma. ¿Qué piensa este marroquí maleducado? ¿Que tengo el dinero de Ford? » Tragó saliva con asco. Se rascó el costado. «Hoy empieza a cambiar el mundo. Empieza a adoptar otra forma». Entró al fondo del café cercano a su derecha. Luego se plantó finalmente en una silla y se evadió. No pensaba en nada sino en muchas cosas sin significado.
Él le dijo:
–¿Cómo te llamas?
–Jadiya.
–¿Y tu compañera?
–Habiba.
(Las dos muchachas eran feas).
Le dijo a Jadiya:
–Eres guapa.
Ella lo negó; pero en el fondo se sentía alhagada.
–¿De verdad?
–¿No me crees?
-No sé.
Pero en el fondo sí lo sabía.
–Entonces pregúntale a tu compañera.
Habiba dijo:
–Yo no opino.
Ahora, el americano sorbía cerveza triunfante. Había conseguido dos mujeres, no sólo una. «Smith se moriría de envidia si me viera ahora. No obstante, es un buen amigo». Dio un trago, otro, otro en su boca. Bebía a la salud de todos sus compañeros ausentes y presentes. Los muertos y los vivos. Le dijo a Habiba:
–¿Por qué no te bebes el café?
–No me apetece.
–¿No estás contenta?
–En absoluto.
Jadiya dijo:
–Está triste porque ha perdido un amigo.
El americano se rió.
–Tiene que encontrar otro amigo.
Habiba dijo:
–Os burláis.
Jadiya dijo:
–¿Qué te pasa?
El americano dijo:
–Parece que esté enfadada con nosotros.
Le ofreció el cigarrillo y ella lo retuvo. Después exhaló la primera bocanada y aseguró:
–Parece que tengo que retirarme.
El americano dijo:
–No hace falta; nos harás compañía.
Se quedó mirando fijamente a los ojos de Habiba mientras caía en el asombro y la distracción. La mirada de ella se dirigió a la oscuridad en el cielo y a los árboles desafiantes y orgullosos. Jadiya pensaba que la caza de la noche era valiosa. «Este negro americano tiene que ser una animal doméstico. ¿Y a esta tonta no le importa llenar el cielo de nubes?»
Le dijo a su amiga en árabe:
–¿Por qué llenas el cielo de nubes?
Habiba decidió:
–Tengo que retirarme.
–Una de dos: o te vas o alegras la cara.
–¿Qué te pasa?
–Nada; tienes que comprenderme.
El americano dijo:
–¿Qué decís? No entiendo nada.
No le contestaron y Jadiya siguió hablando a su amiga.
–Eres la noche...
No acabó... se contentó con apoyarse en el hombro del americano y acariciar su pelo rizado con la barbilla de él.
Habiba dijo:
–¿Nos levantamos?
Y respondió el americano:
–Ahora vamos.
El coche de policía se paró al lado de la acera y de él bajaron dos agentes. Uno hacía de conductor y otro de ayudante. Eran de estatura alta como si vinieran de una agencia especializada en practicar ese oficio. El primero dijo:
–¡Qué horrible buscar en los cafés como si fuéramos perros!
El segundo dijo:
–Tenemos que trabajar. ¿Qué hacemos si nos quedamos en la comisaría? Nada.
–El turno de noche es agotador.
–¡Uf! Hay que hacerlo.
Uno de ellos entró en el café mientras el otro se quedó atándose el zapato derecho. Luego se apresuró a encontrarse con él.
El primero, tocándose la gorra, que no se había quitado, dijo:
–Vuestra identidad.
Jadiya dijo:
–Se lo ruego.
Mientras tanto, Habiba y el americano se quedaban callados.
–¡Venga, el carnet de identidad!
–No lo llevo.
–¿Y tú?
–Yo tampoco.
–Vamos a la comisaría.
El segundo policía se retiró como si el asunto no fuera con él y siguió observando al camarero que frotaba el café que se había derramado sobre su ropa. Entonces se dirigió a su amigo:
–Hay que llevarlas a la comisaría.
–Vamos a la comisaría.
Las muchachas se levantaron y se agarraron la una a la otra. Luego las dos esperaron una segunda indicación que les perdonara su falta contra la moral. Pero el policía les grito:
–¡Venga, en marcha!
El camarero, que ya había acabado de frotar su pantalón, de pie, contemplaba la escena; el policía lo empujó con la mano. Las dos muchachas caminaron cabizbajas. En la acera del café no había ningún cliente.
El americano siguió sin moverse mientras se decía a sí mismo que, en cualquier caso, no tenía suerte. «Una noche perdida como la anterior. ¿Qué le diré a Smith? ¿Le diré que abracé una mujer blanca incomparable durante la noche pasada?... Una mujer muy hermosa».
Le dijo al camarero:
–¿Cuánto es todo?
–Tres dirhams.
Pago la cuenta:
–¿Qué pasa? ¿Que quieren de las dos pobres?
El camarero dijo:
–¿Y qué podemos hacer por ellas?
Y siguió a lo suyo. Oyó que alguien lo llamaba fuera del café mientras el americano se repetía:
«Qué podemos hacer por ellas... qué podemos hacer por ellas... Pero ¿qué podemos hacer por mí...?». Cobró animos y retiró la silla hacia atrás. Pasó pesadamente y metió una mano en el bolsillo. Antes de abandonar el café se volvió por última vez. Tras la máquina registradora, el dueño del café lo miró con languidez y la cabeza inclinada en el hombro.
Muhammad Zafzaf, escritor marroquí, El vagón, Rabat, 1993
Traducción de Pilar Comín
© 2009 Manuel Jiménez Lucena