LITERATURA ÁRABE CONTEMPORÁNEA

traducción literaria de la poesía y la narrativa árabes

muhammad zafzaf

Manifestación

El policía le empujó por detrás al interior de la celda con fuerza y violencia y aseguró el cerrojo de la puerta para estar seguro de que nadie podría escapar.

Se halló de pronto dentro de un cuartucho, casi a oscuras, con la certeza de que estaba bajo tierra. El olor penetrante y repulsivo llenó los orificios de su nariz y respiró con dificultad y rapidez. Había una mirilla por la que no se veía nada, situada en la mitad. Sus ojos se extraviaron por el entorno. Percibió un bulto inmóvil recostado en una mansa y terrible tranquilidad. Buscó inútilmente una silla pero allí solo había el sordo asfalto. Se movió dentro de la celda como si fuera un gigante mitológico en una galería prehistórica. Nadie hablaba de los disparos. Finalmente oyó una voz que parecía enumerar una lista de tristezas:

-¡Eh, por favor! –dijo la voz.

La voz que llegaba a sus oídos salía de ese bulto. Ahora se sentía sin fuerzas para hablar con nadie, en un situación emocional tensa. Mientras una persona hablaba, la otra continuaba sin moverse. Se volvió en dirección al otro detenido para encontrar un lugar cercano y evitar lo que supo después que era un vómito.

Parecía estar en una zona sin aire, si no es que realmente faltaba el aire; y que también su peso disminuía y que sus brazos se debilitaban. Finalmente se arrojó sobre el frío suelo sin importarle su chaqueta bien planchada, hallando una ventaja al menos,… que era fresco; mientras que fuera, detrás de esas sombras, de esos muros, en la calle donde se abrazaban cientos de manifestantes, el calor era insoportable y se superaban los cuarenta grados.

A través de la mirilla pasó una cara…, y otra y otra. Por un breve momento la puerta se abrió y un montón de cuerpos formaron un bloque simple y compacto y un grupo de detenidos empezó a ser lanzado en el interior de la celda, empujados desde atrás por una fuerza insólita. Unos garrotes aparecieron en la oscuridad.

Se relajó por completo y estiró los brazos. Ahora era todo mucho más libre. Tras la mirilla que vigilaba en la oscuridad pasó un rostro en el que se distinguía su forma. Después otra cara y otra. El hombre que estaba echado tranquilamente le dijo:

-Hay otra persona.

Lo sabría por experiencia. Seguro que llevaba en aquella celda dos o tres semanas. De pronto el policía arrojó a otras dos personas y una de ellas cayó sobre su pierna. Este último reaccionó rápidamente, movió sus pies y recuperó la consciencia, incorporándose como si fuera a morder y dando vueltas sobre sí mismo como un trompo.

Eran cinco personas en la celda y posiblemente el número aumentaría si se intensificaban las detenciones. Estaba convencido de que los manifestantes aún se oponían tenazmente a la restricción abusiva de las libertades. Las voces de la muchedumbre resonaban aún en su cabeza de manera profunda y lejana.

El que entró con su compañero permaneció quieta y aturdida por un momento. Chocaba sus manos de vez en cuando, una con otra, sus ojos brillaban de un modo que sus pupilas casi se salían de sus anteojos de médico. Levantó la cabeza mostrando el rostro a la luz imperceptible y una expresión amarga y dolorosa.

Se le hizo evidente que había visto esa cara con anterioridad:

-Seguiremos luchando, seguiremos resistiendo; aquí y allí –dijo.

Ninguno de los detenidos encontró la fuerza para responder. La misma voz continuó:

-Nosotros somos un estado árabe, no un estado judío. Tenemos derecho a manifestarnos.

El que había hablado al principio estaba sentado… Temblaba como un pollo. Se dirigió hacia la puerta de hierro con la mirilla cuadrada. Otro se sentó en su lugar. Golpeó la puerta con los pies produciendo un gran alboroto que retumbó en la celda y, tal vez, en todo el centro; haciendo creer que este hecho era una protesta, una declaración y un deseo de provocar. Todavía se quedó de pie cerca de la puerta profiriendo las más duras imprecaciones hasta que apareció tras la mirilla el rostro redondo e irritado de un policía y el joven de la voz lastimera escupió en ella con lo que aumentó el enojo del policía.

Al cabo de un instante, dos policías abrieron la puerta y le abofetearon hasta tirarlo al suelo y se lo llevaron fuera; no sin antes echar bien el cerrojo. El alboroto de los otros tres aumentó. La persona que estaba ovillada continuó de la misma manera, como si el asunto no fuera con él. Sin embargo su otro amigo pronunció con claridad:

-¿Qué espera este insensato? No dudarán en torturarlo hasta morir.

-¡Son judíos!... ¡No son árabes! –dijo haciendo unos gestos de indignación en el aire- Creen que Palestina es de los judíos.

-Agentes imperialistas –comentó otro con frialdad -Seguiremos luchando y resistiendo -añadió furioso.

A pesar de esto seguía oyendo ecos en su cabeza… Las voces de los manifestantes venían de lejos y deseó estar en medio de la muchedumbre para insultar a los imperialistas y a los policías traidores y arrojarles piedras.

A través de la mirilla pasó una cara…, y otra y otra. Por un breve momento la puerta se abrió y un montón de cuerpos formaron un bloque simple y compacto y un grupo de detenidos empezó a ser lanzado en el interior de la celda, empujados desde atrás por una fuerza insólita. Unos garrotes aparecieron en la oscuridad. Desearía tener en su mano una ametralladora o una pistola para liquidarlos y liberar a todos los detenidos, salir juntos a la calle otra vez y manifestarse expresando su opinión de nacionalista árabe; o al menos, como persona. Pero lo malo era qué no podía hacer nada, nada en absoluto.

El calabozo se iba llenando. Tal vez harían más detenciones, si es que había más celdas. Los lamentos se elevaban con más fuerza… Monótonos y retrospectivos sonidos roncos y cabezas que aparecían por detrás de la mirilla escupiendo y maldiciendo. Ahora creyó sin dudar que todos los manifestantes habían sido detenidos, que no saldrían de allí…; que eran más fuertes las armas y el terror.

Dio vueltas a su alrededor y halló en los ojos de esa ruidosa gente una firme y enérgica resolución. Esa son nuestras armas… ¡Traidores, traidores!

El ruido en el calabozo se llenaba de gritos e insultos, voces y voces convertidas en la coral de un escenario heroico. Tras la mirilla apareció el rostro de un policía al que alguien escupió, sin que aquel pudiera abrir por esta vez la puerta para llevárselo por donde minutos antes había sacado su compañero. Contempló esta escena con agitación; y, en tanto las voces de su alrededor se elevaban, sintió que llenaban el ambiente de la celda. Tuvo la seguridad del firme patriotismo popular. Se abrió la puerta… Los detenidos se movieron con la esperanza de salir libres hacia el espacio abierto sin que hubiera fuerza que se les opusiera. Por detrás el jefe de policía gritó:

-¡Eh, payasos!... Mañana os van a juzgar… Habéis violado la seguridad del estado.

Los gritos se elevaron y se redoblaron las blasfemias y los insultos. Un joven gritó a la cara del inspector:

-¡Palestina en el corazón!... Los traidores hacen cualquier cosa, pero Palestina quedará siempre en el corazón.

Y le escupió, aunque el escupitajo no alcanzó a sus lustrosos zapatos. La yugular del inspector se hinchó y ordenó a dos policías que sacaran inmediatamente al joven. Estos le empujaron hasta donde posiblemente ya no volvería, entre las voces de los detenidos y la confusión del estrecho calabozo.

En su interior crecían con rapidez terribles ideas. Correr tras aquel inspector y derribarle en el suelo y despedazarlo. Se sacudió de dentro esa sensación violenta e intentó abrirse paso hacia la puerta para intentar su primer y último sueño, sin prever la firme resistencia de la puerta de hierro que otras manos intentaban inútilmente echar abajo.

muhammad zafzaf, escritor marroquí. El vagón. Rabat, 1993

Traducción de Manuel Jiménez Lucena

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© 2010 Manuel Jiménez Lucena